Somalia precisa del apoyo de los intelectuales del Mundo.

Somalia precisa del apoyo de los intelectuales del mundo.

Sí bien la cuestión del poder, siempre ha resultado (tal vez tras el histórico planteo Platónico del gobierno de los mejores) para los intelectuales, manejable tan sólo desde lo teórico, existimos quiénes, consideramos que la acción es previa al conocimiento y que por más que este, nunca se traduzca en lo cierto, lo verdadero, por ende lo absoluto (como la democracia que por ello es y será siempre expectativa) cayendo en tal persecución en abstracto en una omisión de actos perpetrados contra la humanidad toda, creemos tener la obligación para con nosotros mismos y nuestros conciudadanos (a riesgo de error filosófico, entre otros riesgos)  el poner lo que seamos, desde el campo intelectual, al servicio del Gobierno de Somalia (apoyado a nivel internacional por los organismos más reconocidos y legitimados del mundo) integrado, y de aquí una de las razones del porque apoyar a Somalia y no a otro país del globo, por hombres destacados de la cultura y de la intelectualidad.

 

El Presidente de Somalia, Hassan Sheikh Mohamud, es un intelectual local, Es uno de los fundadores de la nueva Universidad de Mogadiscio y procede del mundo de las ONG y asociaciones políticas del interior de Somalia. Pertenece al clan Hawiye, que se ha consolidado como el principal clan de la capital y de la región central (Banadir). El Presidente del Parlamento, Profesor Mohamed Osman Jawari, que proviene del clan Digil-Mirifle, fue uno de los redactores de la nueva constitución y es un abogado e intelectual reconocido. El nuevo Primer Ministro, Omar Abdirashid Ali Sharmarke, ocupó anteriormente el mismo cargo en 2010 bajo el Gobierno Federal de Transición. Formado en Somalia y Canada en Economía y Ciencias Políticas, antes de su reciente nombramiento era Embajador de Somalia en los Estados Unidos. Ha trabajado para Naciones Unidas en Darfur y en Sierra Leona  Datos propiciados por la embajada de España para Somalia). No es necesario el trazar una investigación de orden científico, para dar cuenta de las dificultades históricas, que aún no pueden ser subsanadas y que someten a diario al pueblo Somalí, a las calamidades más ruines que se puedan imaginar.

El planteo concreto, puntual y específico, es que todos aquellos, que hemos organizado, propiciado o hemos sido parte de algún congreso internacional tanto de filosofía como de las ciencias humanas, podamos organizarnos para en una fecha a definir para poder llevar el volumen de nuestras consideraciones intelectuales al aeropuerto internacional de Mogadiscio  (el lugar en donde menos riesgo corre la integridad física de los visitantes) y tras la presentación o coloquio, poder intercambiar un diálogo en calidad de aporte, de suma constructiva, a las autoridades de gobierno, para que no sólo puedan considerar útil o no las perspectivas que les dejemos, sino y por sobre todo, que se sientan parte de lo que son, parte de un mundo, que los considera, y parte de un campo que nos hermana o al menos nos debería; el intelectual.

Desde ya que es toda una complejidad en sí misma, y probablemente el escribir sea lo más sencillo, o al menos, en lo que uno tiene más despuntado el hábito, de todas maneras, me veo en la obligación de al menos considerar mi punto teórico desde el que parto. Independientemente del que  nos podamos liar, con las discusiones intelectuales, la intención, en este caso sería, que lo narrado sea un punto de partida, que nos conduzca a la acción, ut supra, planteada (El congreso filosófico o intelectual en Somalia).

Antes de lo estrictamente razonado, a todos y cada uno de los que tomen contacto con esta propuesta, en caso de que la compartan o le despierte un interés, se aguarda y espera, la participación activa para que esto que puede ser tan sólo una idea, se transforme con la energía de todos en una acción que lleve  más humanidad a uno de los lugares del mundo donde menos humanidad se ejerce,  y que con ello, todos seamos, luego, un poco más humanos en los diferentes lugares en donde vivamos.

África es la puerta de ingreso, o las Columnas de Hércules, sin llave, de la humanidad.

Desde antes que la ciencia occidental, determinara que los primeros homínidos, con características humanas (los que de acuerdo al saber mencionado, los pondría en el eslabón perdido, en esa escala que determina que deja de ser animal y pasa a ser humano) habrían podido tener su origen en el continente Africano, este espacio en el mundo, ha sido, el reducto en donde depositamos todos nuestros temores, nuestras incertidumbres, inseguridades política, sanitarias, sociales y económicas, que como efecto secundario y letal, tiene como resultante, no sólo haber enajenado de su “africanidad” al habitante de este continente, sino haberlos sentenciado a siglos de sometimiento, de esclavitud, de marginalidad, hambruna y de señalamientos peyorativos, desde el ámbito mismo del saber occidental.

No podemos abrir ninguna variante de análisis sin antes reparar en la razón de las primeras y de las últimas causas. Esto que se nos ha transmitido como filosofía occidental, tiene que ver con el modo de entender y entendernos en el mundo. Desde este inquietud metafísica, inherente a nuestra condición, es que sin pretender arribar a ninguna conclusión cierta (y esta es una de las grandes diferencias con la ciencia) discurrimos por senderos harto explorados como inexplorados, y estos últimos son precisamente los catalogados como no oficiales, no santificados por la academia occidental, que no es más que otra herramienta de dominio y sometimiento, y que necesariamente nos impele a pensar desde esta sabana in extenso, en donde nuestra fragilidad se torna más evidente, nuestro desamparo aún más determinante y lo único que tenemos por delante es nuestra valoración de que debemos sobreponernos a lo que tengamos que enfrentar. Esto es básicamente filosofar, insistimos desde la posible asepsia que le podríamos realizar de sus condicionamientos, ergo contaminación, de la que ha sido víctima durante miles de años, y que necesariamente nos conduce, en sentido figurado, a que el pensamiento, puro y duro, óntico o metafísico, es, ni más ni menos, que la “Africanización del ser”.

Este “estado puro”, al natural, despojado de la materialidad, que supuestamente nos garantizaría aquellas certezas a las que desesperadamente pretendemos asirnos, nos lleva como humanidad a la construcción de mundos, opuestos, disímiles, en paralelo, en donde en ciertos lugares llevamos a cabo, utilizando todos los recursos que tengamos a mano, acciones tendientes a que, quiénes allí estén, vivan rodeados de esas certezas, políticas, sociales y económicas.

Las mismas no sólo que son fictas, que se ajustan más por expectativa de cumplimiento, que por cumplimiento real, sino que además precisa de que exista aquel otro terruño, desde donde se obtiene tanto materia prima para consolidar el desarrollo que florece en el otro lugar, sino también su contrapartida figurada, su contraformato, su dimensión espejo, en donde las seguridades supuestas del  lugar atiborrado de civilización o de occidentalidad, se fortalecen, al ausentarse en grado exponencial, en donde la humanidad se desangra con las inseguridades que dejan al ser develado, destemplado y que para colmo de males, ni siquiera le autorizan la utilización del concepto del filosofar, haciendo uso de la herramienta ya señalada de sometimiento que pone en valor o bajo vara que es lo pensable o bajo qué condiciones y que no.

Ninguna de las conflictividades que desde hace décadas enlutan África, y por las que ese occidente tutelador cada tanto muestra su sorpresa en algún medio de comunicación (es decir lo publicita y explicita), como para estar a resguardo de no ser acusado de ser tan culturalmente egocéntrico y dominante, podrían ser explicadas desde otro lugar que no sea el que, humildemente, pretendemos trazar.

Realizar una cronología de los acontecimientos luctuosos que son teñidos como barbaries perpetradas por falta de seguridad, o por la ausencia de civilización, no serían más que anecdóticos historicismos que no contribuirían en nada, ni a un entendimiento, y por ello, sin este paso previo, a una posible salida a las situaciones problemáticas y desgarradoras a las que a diario se vivencian, como condición necesaria y suficiente, en África.

Occidente ha pergeñado este sistema unívoco, en donde extensos latifundios, continentes enteros, no pueden, al no estar autorizados, al no contar con ese grado de civilidad que impusieron como eje rector de acuerdo al báculo imperialista con el que determinan que cosa significa y por sobre todo, cuánto vale que cosa en el mundo, navegan entonces en sus propias aguas borrascosas que no son ni más ni menos que las aguas más claras, prístinas y auténticas en donde puede observarse el espíritu de lo humano.

Debemos ir en búsqueda, al rescate de esta posibilidad, o de esta realidad, que estos continentes, no sólo están libres de aquellas seguridades impuestas por el orden enciclopédico y “ciencista”, sino que esto mismo, que a la luz los muestra tan profundamente inseguros para ellos mismos y para los otros, los transforma en los sitios en donde se acendran los aspectos más profundos y auténticos de la humanidad. Sí tuviésemos que construir una metáfora, a partir de esto mismo, diríamos que la humanidad posee en este continente, como la región latinoamericana que bien podrían conformar un solo bloque conceptual, histórico y filosófico, una puerta de ingreso, tan seguro de sí, que no necesita una llave de resguardo, que proteja, o ponga barreras o impedimentos, a todos aquellos que queramos ingresar a la misma, que es en definitiva el ingreso a la experiencia humana. Claro que una vez adentro, en determinados recintos, en donde se especifica la condición de la humanidad, en donde reina el occidentalismo en su sentido más peyorativo, aquella ausencia de llave, aquel ingreso libre y no cifrado, es como una sustancial falta de un “todo” que básicamente se define como ausencia de seguridad.

No planteamos nada que siquiera no haya sido establecido por la mitología histórica de lo considerado como occidente (ya el historiador Herodoto, siglo VII A.C, hablaba de la existencia de esta puerta imaginaria situada en el estrecho de Gibraltar) tras el paso de los siglos, debemos reconfirmar que nunca ha dejado de ser tal la existencia simbólica de este pórtico para la humanidad.

Estableceremos tres pasos metodológicos para dar como verosímil lo que sostenemos. Partiremos desde la posibilidad, ocluida (demostraremos está clara y contundente oclusión) de que África, trabajado como un mismo eje conceptual e histórico que la región latinoamericana, no puede “pensar” o ejercer filosofía en términos occidentales, o académicos o cientificistas, que es lo mismo. Continuamente, extenderemos ese concepto de “sabana” de lo incierto o indeterminado, desde donde la africanización del ser, se encuentra catalogada, como peligrosa para sí y para los demás o derredor, como para entender o comprender sí finalmente, esa incertidumbre se constituye como como eje de lo maligno, de lo perjudicial. Finalmente interpretar la necesidad, que la Africanización de parte de la humanidad, la misma en donde sigue oculto el ser, es condición necesaria, para que “esos otros” puedan constituirse como rectores de lo normal, de lo admirable, de lo referencial, de lo beneficioso, de lo seguro, por más que así no lo sea ni por asomo, pero que por esto mismo, precisan de la recreación de esta suerte de espejos contrapuestos, o estas ideas proyectadas de lo real, tal como hace más de 2500 años atrás lo planteaba por ejemplo Platón en sus diálogos filosóficos.

Consideramos que la vinculación, o más convenientemente expresado, el sincretismo, de ambos conceptos (Filosofía y Latinoamérica o cualquier otro patronímico o gentilicio, filosofía y África) para elucubrar en claustros educativos, la categoría de Filosofía Latinoamericana o Africana, no es más que un ejercicio literario, poesía académica, material exquisito, en ciertos casos exótico y en otros necesario para reafirmar, contra fácticamente, el dominio conceptual de lo occidental, o de su desprendimiento, el eurocentrismo, o el lationamericanismo o africanismo como mera reacción, que justifica aquello. Claro que no caprichosamente, hemos vinculado dos espacios geográficos, que a consideración política, no tendrían una entidad común, cuando en verdad desde el proceso que dio inicio a la tierra misma (Pangea) África como América Latina, no eran más que un mismo bloque, una unidad territorial, que más allá de los procesos geofísicos, que la dividieron, océano mediante, forjaron miles de años después, una historia común, en donde ya los espacios territoriales, con sus habitantes y con ello su cultura propia, fueron masacrados, física y culturalmente, por una “conquista” que no tuvo reparos en arrasar todo lo que considerase no apropiado para sus categorías de comprensión del fenómeno humano.

Desde la “inmemorialidad” (que no debe ser entendida como inmoralidad, porque quizá ese término de moral plantea otro tipo de cuestiones que aquí no se ponen en juego) de la conquista que venimos peleando guerras que no son nuestras,  ese famoso apotegma de “ser hablados o ser pensados” ha avanzado, o mejor dicho se materializo, en que seguimos siendo el cuerpo irresoluto, los jirones piltrafosos, que se comercian en transacciones, muchas veces de metálico, como de productos o miles de nosotros que le pusimos y le seguimos poniendo el cuerpo a guerras que se han librado por esos conceptos, por esos intereses, por esas categorías que, nada o muy poco tienen que ver con nosotros. Y en caso de que tengan que ver por el imperio de la praxis y por el peso de la historia, con los millones de litros de sangre, de nuestros ancestros, derramada, deberíamos al menos, tener el derecho, o la posibilidad, de preguntarnos, que es lo que compartimos, en que es en lo que estamos de acuerdo, que tomamos, de eso que nos impusieron allá lejos y hace tiempo.

Que nuestro “sistema” funcione, desde hace cientos de años, con millones de pobres, excluidos, marginados, un tercio cuando no, casi la mitad de la población, en vastos de nuestros terrenos, no puede ser consuelo o perspectiva que nos incite a tener una mirada positiva. Y ya que estamos con ese término, tantas cosas bajaron de esos barcos, como ese concepto de positividad, que le debe resultar de tal forma, a nuestros tuteladores, a los imperialistas, a los que sí les cierra la ciencia, desde la medicina hasta la industrial, para que nosotros sigamos poniendo los cobayos humanos, las dolencias más aberrantes, y ellos se lleven sus curas circunstanciales y sus dividendos suculentos. Las usinas en las que se viene enseñando a nuestros niños que el mundo debe ser habitado, y vivido, tal como su entendimiento o sus talentos así lo han indicado, nunca nos dieron resultados del que podamos estar mínimamente satisfechos. Ni la política, ni la juridicidad, ni la comunicación, tal como nos vienen “enseñando” desde esas perspectivas eurocéntricas, nos ofrecen respuestas a las demandas de nuestras poblaciones, que no casualmente además de las hambrunas y la desigualdad, también padece, sus democracias inacabadas, sus sistemas punitivos que no redimen, ni expían, sino que exacerban las diferencias, las recrudecen en grado sumo. Tampoco sus técnicas, ni de riego, de cultivo, o de producción de elementos, puede ser vista como un “avance” (ese es otro de los engaños, como sí la vida fuese una escalera o un dispositivo que tenga una bandera al final de llegada) dado que desde esa positividad de la técnica, no hacen más que enfermar el cuerpo de quiénes manipulan esos elementos como de los que los consumen, lo mismo que esos avanzados sistemas de detección temprana de problemas de salud, para que concluyan siempre en ese otro invento del stress que no puede ser visto, ni medido, por ninguna de sus máquinas que se preciaban de medirlo y observarlo todo.

Su mundo y su sistema, para no extendernos en cada uno de los campos en donde se aprecia que es un terreno fértil para que ellos se lleven la cosecha, producto del esfuerzo de nuestras siembra en nuestras tierras, no ha modificado en nada, la profundidad de nuestra humanidad, es decir, no es que mediante sus “lecciones” su civilización, vivimos muchos años más, o la calidad de los mismos, puede considerarse como sustancialmente mejor, no somos más felices, que antes cuando no nos cuestionábamos acerca de si lo éramos.

Partiendo de una de las aporías más decisivas de la historia de la humanidad, del discernimiento entre lo uno y lo múltiple, para el develamiento, interpretación, invención, deconstrucción, o cualquier término, por el cual hayan surgido las más diversas corrientes de pensamiento (que no dejan de ser conversaciones, concatenadas con el fin, de dialogar de manera intergeneracional y corriendo lo sucedáneo del tiempo) nos encomendamos a la encomiable empresa, jactancia intelectual mediante, de invalidar la categoría de Filosofía Latinoamericana o Africana, no sólo desde la perspectiva etimológica, histórica y en definitiva discursiva, sino demostrando, bajo la lógica del razonamiento, arriba señalado como uno de los puntos neurálgicos del juego de conceptos de las primeras y las últimas causas, validando por ello, las infinitas filosofías que existirían, dentro de esa delimitación Latinoamericana o Africana, como decena de casos puntuales de que supuestas subcategorías, o no, existen en cuanto tales, es decir como formando parte de un categorial que los englobe, que los enmarque (no podría nadie determinar, su lazo de vinculación o pertenencia, nadie que no se pretenda dominante, como por contraposición o reacción, ante ese predominio de la filosofía occidental, o filosofía a secas, que per se, refiere a todas las filosofías, desde ese imperialismo intelectual, paradójicamente del que nacerían esos grandes concepto de filosofía latinoamericana o africana) o existen en forma múltiple, en todas las manifestaciones que así se pretendan y que mediante el uso de la semántica así lo señalen.

La multiplicidad de filosofías dentro de lo que geográficamente se considera Latinoamérica, o África (aquí es donde podríamos entender que bien podrían haber sido tratado antes como una misma unidad conceptual, acaso no fueron un mismo lugar, como lo expresamos ¿en el proceso de la pangea? Esta es una de las razones por las que lo consideramos un solo bloque inescindible a lo Latinoamericana con lo Africano) no podría ser validada en una unidad (como todas las delimitaciones categoriales, surgidas desde los preceptos de la conquista, como más luego del sincretismo, violencia mediante) y aquí hacemos hincapié en este espacio geográfico concreto, pues es donde la tradición eurocéntrica, más permeable o flexible se muestra como para aceptar la posibilidad de una filosofía que hable en sus mismos términos; huelga destacar que para nosotros no conlleva ningún interés particular, más allá del observable y destacable para corroborar nuestras hipótesis.  Invalidada la posibilidad de la unidad pretendida por el alma académica, que obviamente, actúa por instituciones y usinas de poder, que son generadas desde aquel imperialismo intelectual, que se pretende, con la arrogancia del que plantea las reglas de la discursividad, como los únicos aptos para determinar cuáles son los límites del pensamiento, en el caso de que este tenga límites, claro está.

Advertir que en verdad estamos en presencia, de un fenómeno de perspectiva, de pensamiento, o de como queramos llamar, que pese a ser conquistado, en otros sentidos, no ha dejado de pensar, bajo sus propios términos, tan interesantes, que alguna vez, podríamos caer en cuenta, que nuestro occidente en crisis lo precisa, como maná del cielo, pero que para esto debemos prescindir de sus formulismos, y por sobre todo de sus métodos y rigores, viciados de una significación que obliga al ocultamiento de lo pensable o filosofable que podríamos encontrar muros afuero de lo europeo u occidental.

 

“La filosofía latinoamericana no debe circunscribirse a aquellas reflexiones que solamente tienen como objeto el mundo cultural, ético, político, religioso, socioeconómico, etc., de los países de esta parte de América, aunque algunos autores con argumentos válidos también así la conciben. Por supuesto que de algún modo tienen que aflorar tales problemas en el ideario de cualquier filósofo de esta región con suficiente dosis de autenticidad. Pero el hecho de que aborde estos temas no le otorga ya licencia de conducción para las vías de la universalidad”. (Guadarrama González, Pablo, 2008, p.3)

 

Consideramos que más allá de la necesidad “Latinoamericana, Africana o Asiática” de reafirmar sus procesos de pensamiento, sus prioridades y por qué no con ello, la revisión de su historia con los elementos condicionares y por sobre todo vejatorios, bajo la auto-asignación o el bautismo de sus corrientes, es una necesidad eurocéntrica que exista otro que prenda emular, tomar de suyo, o ser parte, sin el estigma de víctima, de la que siempre, por otro lado ese occidente intrusor, se ha adueñado bajo el término del universalismo.

Superado el obstáculo terminológico o metodológico, para asumir o no, una denominación acerca de una filosofía “patronímica”, para que la misma sea aceptada en los reductos o claustros del saber, descontamos de la necesidad de la misma, en un sentido estrictamente político, sobre todo en los supra organismos internacionales, que regulan el derecho internacional público y privado, el contratismo social a escala universal por llamarlo de alguna manera.

Neologismos, contradictorios en sí mismos, que surgen para acendrar la necesidad de la existencia de organismos internacionales que planteen la generalidad de lo humano, a través de la fundamentación del logos, como razón (valga la redundancia) fundante de lo jurídico y lo ético, que dan razón de ser a tales instituciones que se pronuncian cada tanto en documentos ceñidos, como expresiones de deseo, bajo términos categoriales provenientes de las academias que determinan la razón en sí en que deberíamos entendernos todos los seres humanos, la necesidad por tanto que la explicación o aseveración de las primeras y últimas causas, es decir la filosofía como concepto y en su ulterioridad, como piedra basal de imposiciones dialécticas que luego se transforman en imperativos de poder fáctico, existan en lugares, como Latinoamérica y África, como condición necesaria para la imposición de modelos de organización social (colectivos, por ende políticos) como de formas de vida (individuales, por ende, existenciales) cuando en verdad en la manifestación, sincretismo violento mediante, sus expresiones filosóficas (en caso de que las hubiere entendida desde el categorial de la filosofía del logos “occidentecentrista”) surgen desde manifestaciones poéticas o artísticas-danzantes. Organismos internacionales que regulan lo político, lo económico-comercial, lo vivencial (salud, expresión-comunicación, etc) amparados en la declaración de los derechos universales del hombre, acotados en sus maniobras fácticas o prácticas, por tanto que solamente condicionan desde lo teórico o teorético, por la autodeterminación de los pueblos, encuentran en el logos occidental, dialógico o que dialoga, de un tiempo a esta parte, con el oriente, adormecido o aletargado por el opio de la razón instrumental impuesta por aquel occidente en los periodos de conquista, no han resuelto este dilema trascendental que vincula dos continentes, dos expresiones de ser ante el mundo; la latinoamericana y la africana. Si bien, son dos procesos disimiles y en estadios diferentes, a través del relato filosófico, de la filosofía como discurso validante o validador para que se dispongan, supuestos derechos universales que en verdad, jerarquizan la relación entre clases distintas de hombres, que no son como las corrientes europeas de pensamiento nos quisieron hacer entender (dominantes y dominados, opresores y oprimidos) sino más que bien, son los que vivencian la existencia, desde los límites del lenguaje, de esa construcción iniciada con los primeros filósofos griegos, a diferencia de quienes lo vivencian desde la expresión poética, fundante de las aseveraciones estipuladas más luego en esos “logos” fundante, imperantes y condicionadores.

La noción de universalidad aplicada a lo estricta o particularmente filosófico, se lo debemos a Hegel (1970), uno de los alemanes eminentes, que sí nos permite la digresión, no pueden eludir el haber conformado esa “conciencia alemana” que convalidaría con los votos, años luego, el horror plasmado con el régimen social y político más siniestro de la historia moderna. Su consideración acerca de esa universalidad la anatematiza, escindiendo, apartando, colocando en una cámara de gas, a regiones enteras del globo, precisamente a todo un continente:

“Lo que por África propiamente entendemos es la carencia de historia y…lo que todavía se halla del todo confundido con el espíritu natural, y lo que aquí debería ser mostrado como propio tan solo del umbral de la historia universal… Al sabernos ya desembarazados, de eso nos hallamos en el escenario auténtico de la historia universal”. (Hegel, Georg, 1970, p.62)

 

Podríamos extendernos en otros pasajes de la obra mencionada, en donde se realizan apreciaciones antropológicas, que orillan claramente lo proverbialmente discriminador y xenófobo, de todas maneras, es más interesante, detenernos en esta construcción teórica de lo universal (desde ya que esta consideración, proviene de la herencia inoculado por el poder del claustro, que dispuso que la primera historia de la “ciencia de la verdad” sea el Libro I de la Metafísica de Aristóteles, como sabemos se podrían seguir escribiendo obras completa del Aristotelismo en Hegel, desde la continuidad que hizo el teutón de los principios de tesis y antítesis propuesto por el estagirita como corolario simbólico de la síntesis, complementada por aquel, por ejemplo, que profundiza nuestra autor citado, desterrando de las fronteras de lo filosófico también a América:

 

“El nombre de nuevo mundo proviene del hecho de que América y Australia no han sido conocidas hasta hace poco por los europeos…este mundo es nuevo no solamente relativamente, sino absolutamente… Los americanos viven como niños, que se limitan a existir, lejos de todo lo que signifique `pensamiento y fines elevados. Las debilidades del carácter americano han sido la causa de que se hayan llevado a América negros, para trabajos duros. (Hegel, Georg, 1997, p. 170)

 

Finalmente y como si le cupiese algún tipo de duda a como consideraba la universalidad filosófica, nuestro autor lo deja expresamente narrado:

 

“En Occidente estamos en el verdadero suelo de la filosofía; allí tenemos que someter a consideración dos grandes formas, distinguir dos grandes períodos, a saber: 1) la filosofía griega, y 2) la filosofía germánica” (Hegel, Georg, 1984, p.211).

 

El mundo Americano que fuera descubierto, en virtud más por la intervención del azar como necesidad y de los caprichos de la aventura, que de los progresos de una ciencia, supuestamente siempre en ciernes y brindando la posibilidad de extender la fronteras de lo humano (Podríamos afirmar que un maridaje indisoluble, lo constituyen occidente y la técnica que van a la postre, en una suerte de carrera, alocada, hacia una finalidad que no presenta metas precisas, ni mucho menos naturales, sino que se impostan como espejismos que sostienen aquella unión ficta) funda la nueva territorialidad bajo el imperativo categórico de lo educativo y lo político. Debemos, nuevamente desandar, lo que nos deja la herencia, la tradición o los cánones academicistas y a su vez, no por ello, caer en ese exotismo que esa misma academia lo tolera o acepta como excepción a la regla y que definen como multiculturalismo. Es decir, no podemos, no debemos, poner o citar a un hermano originario, autóctono o primitivo, que por tradición oral, haya recibido de sus ancestros, el ritual que de acuerdo a sus concepciones del mundo lo acercaban al hombre con la eternidad, esto sólo sería un apartado menor, en un curso en una facultad europea de filosofía o antropología, la verdad correría por lo que quedó asentado, muchas veces por manos barbáricas (precisamente este término, es una muestra cabal de cómo ha entendido siempre lo europeo lo ajeno y lo propio, bárbaros eran considerados los que habitaban fuera de la Roma imperial, el correrse de ese límite ya los hacia pertenecer a un submundo peyorativo) casi siempre manchadas de sangre, contaminadas por el hedor de lo peor de la condición humana, o lo que simplemente se entiende, o se trata como historial formal u occidentalmente aceptada.

No podemos apartar la mirada de los procesos de conquista, llevados a cabo siglos atrás, en nombre de la razón iluminada por la esperanza de la religiosidad e impulsada por la avidez de recursos, de extensión y expansión en ese mismo sentido “occidental” o de ese logos occidental, sin embargo, no queremos que la circunscripción de la temática, nos haga, salirnos de eje, de lo que planteamos, más allá de esta cuestión que bien podría ser entendida como meramente historicista.

Independientemente de los millones de litros de sangre derramadas, para que desde la pluma, podamos expresar esto mismo, como una nimiedad en el presente capítulo de lo humano, lo cierto es que deberán ser otros, más allá de los que ya han sido, quienes consignen estos actos despreciables con la vida y con la humanidad, entendida, precisa y paradojalmente, bajo categoriales, pura y exclusivamente occidentales, dada que nuestra intencionalidad discurre por dejar en claro que pese tamaños actos de sujeción, esa misma conquista entronizada en cuerpo y alma mediante la violencia, ha hecho, que dos continentes, conquistados, puedan ser sometidos filosóficamente, es decir desde la esencia  misma de la identidad de sus respectivos pueblos que forman unidades políticas en donde habitan y habitaron millones de personas a lo largo de siglos.

Para dejar aún más claro el planteo, referimos que pese a la imposición, a la ocupación y a la dominación en todos los órdenes y durante siglos, no se ha podido obtener por parte de ese occidente dominador, el alma, el espíritu, la esencia, o en el más griego y por ende occidental de los conceptos, la ousía de, los pueblos latinoamericanos y africanos.

En un segundo paso, consignamos que si bien ambos procesos, se encuentran ante un mismo cuadro  de situación, es decir el referido, no obstante ello, vivencian, desde un inicio, reacciones o modos de ser ante el mundo, ante esa imposición que los modifica desde el encuentro entre las civilizaciones, sus respuestas o manifestaciones, de formas muy diferentes, muy disimiles que son el origen de que hasta el momento muy pocos hayan reparado que en verdad se trata de situaciones que nacen y perecerán de forma igual o muy parecida.

Encontraremos finalmente que por intermedio de lo considerado desde ese occidente centrista, conquistador o modelador o impulsor de referencias obligadas, lo filosófico anida en ambos continentes en expresiones sensoriales o más vinculados a lo emocional, que lo tradicional u originario del logos racional (valga la redundancia) tanto en lo poético como en lo festivo-musical, asimismo encontraremos vinculaciones desde lo mitológico, como en lo religioso.

Es imperioso afirmar que el proceso de coloniaje, dependencia o el férreo establecimiento del imperativo categórico de pensar como condición “sine qua non”, bajo la égida o la férula de conceptos eurocentristas, se da por intermedio de los supra-categoriales, dentro del campo disciplinar y académico de lo filosófico, de “Dios y Marx”. Ambas acepciones actúan como inicio o fin y por ende inmiscuidas en el desarrollo, de los pensamientos o tratamientos del logos o filosofía, sobre todo en Latinoamérica. Sin pecar de historicistas, la mitad del ágora latinoamericanista, obedece, cual dogma libre de raciocinio, a la existencia-presencia, del dios, establecido, conceptualmente, y bajo rigor espartano, por la compañía de Jesús, más conocida como los jesuitas, que extendieron la existencia del todopoderoso, más allá de la divinidad, sedimentándolo a lo largo de los siglos de la historia del pensamiento, como fuente de toda razón, entronizándolo como motor inmóvil o punto de partida inexcusable para quién se preciara, no ya de católico o cristiano, si no de partícipe de la historia de occidente, un occidente, proverbialmente europeo, que explicara por el apropiamiento de ese logos o de esa razón, lo que necesariamente debería ser creído, por la necesidad ínsita de asirse a  algo que fuera, al menos un poco más que la orfandad, inexplicable y nauseosa (previamente temblorosa) que precisamente, resurge o renace como reacción, histórica-política-dialéctica, por intermedio de un proyecto filosófico-materialista, ateo, por sobre todas las cosas. En relación a la obra de la compañía de Jesús, analizada desde una perspectiva de poder, refirió Napoleón Bonaparte:

 

“Los Jesuitas son una organización Militar, no una orden religiosa. Su jefe es el general de un ejército, no el mero abad de un monasterio. Y el objetivo de esta organización es Poder – Poder en su más despótico ejercicio – Poder absoluto, universal, Poder para controlar al mundo bajo la voluntad de un sólo hombre (El Papa Negro, Superior General de los Jesuitas) El Jesuitismo es el más absoluto de los despotismo – y, a la vez, es la más grandioso y enorme de los abusos” (“Recuperado de Infonom.com”)

 

Esta batalla, esta disputa que bien pudo haberse desatado no ya en una facultad, sino en un aula determinada de la misma (conviniendo o recordando en verdad, que la “universitas” o el concepto educativo fue instalado también merced de la compañía de los jesuitas), se libra en los extensos terrenos de continentes, en donde lo occidental o europeo, ya hizo mella a través del eufemismo del “sincretismo” que en verdad ha sido conquista a sangre y fuego, imposición categórica, que necesariamente repelió cualquier tipo de manifestación dialógica.

Queremos subrayar o no dejar de mencionar un caso específico que bien podría iluminar lo que estamos señalando, en cuanto a cómo sigue operando esa clausura occidental, como ese sometimiento arquetípico (la mayoría de los habitantes del nuevo mundo, son descendientes directos de mestizos, son productos genéticos del entrecruzamiento entre conquistadores y conquistados) continúa socavando la posibilidad de enfocar lo que ha ocurrido, desde otra óptica o perspectiva.

Para aquellos que con toda lógica y razón, eurocentrista, puedan esgrimir que la vinculación África-Latinoamérica (desconociendo los millones de litros de sangre derramada y el sistema esclavista que sustentó el modelo económico-político-social de la conquista) es más que forzada, le brindaremos una muestra clara, que se produjo en una cultura precolombina, que fue arropada por el poder jesuita y esa interpretación que algunos, como Leopoldo Lugones, en su obra “El imperio Jesuita”, caracterizo como “comunismo teocrático”.

Los Guaraníes, fueron una cultura (quedan vestigios o reductos de las mismas muy apocados en todo sentido) que habitaron el Litoral Argentino y la actual República del Paraguay, el sentido del mal, antes de la llegada de los conquistadores, no estaba vinculado a un interpretación religiosa, tal como lo implementaron luego los Europeos.

 

“Los guaraníes forman una comunidad de iguales donde principia el altruismo y la distribución de los productos de subsistencia, de acuerdo a las necesidades de cada cual. Así es como se reparten lo producido en las cosechas y lo que obtienen de la caza, de la pesca y de los frutos recolectados” (García, Rubén 2014, p. 19)

 

Escribía el Padre Andrés en sus apuntes y agregaba:

 

“Para ellos no existe la propiedad de la tierra, se la considera un bien común al cual todos tienen la obligación de cultivar y la equidad de repartir los bienes producidos; diferencia fundamental con el sistema de los conquistadores españoles que reclamaban el derecho de la propiedad privada para apropiarse de los espacios que les apetecen y, como no cultivan la tierra con sus propias manos, necesitan de vasallos para que lo hagan; nada mejor-entonces-que utilizar a los indígenas domesticados para estos menesteres” (García, R, 2014, p. 19)

 

Existe una figura clave, en esta cosmovisión, una suerte de personaje mitológico o legendario, llamado “El Pombero”, una especie de duende, de conformación física, extraña (con pies con dos talones, exageradamente bajo y con un miembro viril desproporcionado) al que le atribuían embarazos no deseados y actuaba u oficiaba como temor simbólico ante los niños, o a los que quisieran infligir la ley (es decir usando esa imagen de niños o de irresponsables a los irreverentes) de por ejemplo, no salir al espacio de fuera de las aldeas, en horarios no aceptados (luego del mediodía y antes de la tarde, en la siesta, espacio que actualmente en donde habitaron los Guaraníes, se corta aún hoy, la actividad laboral y comercial y se duerme) lo sorprendente, es que esa voz, tal como expresan estudiosos a continuación, posee una base Africanista.

Para Marily Morales Segovia se originaría en la voz africana “Pomba” que identifica a:

“Un demonio femenino propio de la cultura que trajeron a estas tierras los negros esclavos de África hacia principios del siglo XVIII” (Poder Ejecutivo de la Provincia de Corrientes, 1988, p. 25).

 

Tampoco queremos sobreabundar de argumentación, pero existen religiones o cultos enteros que reflejan este sincretismo forzado, este sincretismo del dolor, o del sometimiento, entre África y Latinoamérica, un ejemplo claro, es el “Umbanda” y sus ramificaciones,  por obviedad no extenderemos su más que obvia vinculación entre lo señalado, como condición necesaria y suficiente para lo expresado.

Todos los hijos de aquella circunstancia, generaciones posteriores al latrocinio, ven y sienten correr en sus venas, la sangre en copula de la sinrazón que no ha dejado víctimas ni victimarios, pero que sin embargo ha dejado un modelo claro de cómo pensar el mundo y desde que lugar incluso.

“Si la historia la escriben los vencedores”, frase atribuida a George Orwell,  la frase conceptual se completa con “existe otra historia de los vencidos”, tal como si fuese un estandarte de un ejército de vencedores morales, de melancólicos o románticos revisionistas, que mediante un gran esfuerzo investigativo e intelectual, se empeñan en relatar modificaciones a esa gran historia oficial, a la que suelen torcer, mediante modificaciones menores, logrando gestas apocadas que reinan en el ámbito simbólico.

Simplemente para cerrar la mención de lo Guaraní, lo canónico siempre dio por sentado o lo transmitió como verdad inexpugnable, que el proceso vivido por esta cultura, fue de alguna manera una salvación, una gracia en sus vidas, un hecho fortuito que obedecía en realidad a los indescifrables designios de un dios que lo así lo quiso.

“Entre 1537 y 1616 se registraron veinticinco rebeliones de los indios Guaraní contra la invasión de la dominación española. No querer trabajar para los españoles y al mismo tiempo reafirmar sus tradiciones religiosas amenazadas, fueron las dos principales causas. El levantamiento del cacique Oberá en la región de Guarambaré, por el año de 1579 es un caso paradigmático de lo que fueron muchos de los movimientos de liberación Guaraní” (Bartomeu Meliá, 1986, p. 30-40).

 

Como podremos ver en la siguiente cita, vamos cumplimentando uno de los preceptos de lo que se da en llamar la filosofía de la Liberación, sin que hayamos optado o no por pertenecer o coincidir con la misma, pero de esto se trata precisamente el pensar desde los lugares arquetípicos, despresurizándonos de elementos que podrían desnaturalizar nuestro razonamiento, desde el lugar en el mundo, en donde si se quiere fuimos arrojados.

 

“La filosofía de la liberación, ya iniciada por Mariátegui en sus reflexiones sobre el indigenismo, debe desarrollar un discurso filosófico sobre la naturaleza del amerindio, sobre su pensamiento mítico-racional, sobre su lugar en la historia posterior a la conquista. Como hecho ético debería propugnar por un desagravio histórico del indio americano en 1992: cinco siglos de dominación, genocidio y muerte. Sin embargo allí están y reclaman sus tierras, su dignidad, su libertad, su autonomía política y cultural.  ¿No sería esta una ocasión propicia para avanzar filosóficamente estos temas de la filosofía de la historia americana” (Enrique, Dussel, s.f.).

 

Claro que la espada y el crucifijo solo podían hacer una parte, la razón instrumental, debía seguir sirviéndose del pupitre, del sistema de control que disponía lo educativo para luego, generar trabajadores en serie, dándole un sentido técnico, de progreso, de interpretación del mundo, de finalidad burda y absurda, que  no es ni más ni menos que la occidentalidad, brutal y empequeñecedora de la cuestión humana, dinamitadora del alma, amputadora del espíritu y ocultadora del ser.

El circulo hermético por donde hacían transitar ese conocimiento, esa piedra filosofal, entendida como tesoro escondido o a esconderse o a develar (esto es muy medieval, y se puede observar claramente en textos, llevados al séptimo arte como película,  hablamos de “En el nombre de la rosa” de Umberto Eco, fue necesariamente el ámbito de esos claustros, que desde la definición misma establecía que el ingreso no era para solamente el que deseara, sino que se constituía en un riguroso círculo cerrado, en donde la circulación de ese conocimiento, o de ese logos occidental, estaba al alcance de muy pocos, que cumplieran las prerrogativas, disciplinares de obediencia debida y rigor metodológico. Esta trampa en donde cayeron los buscadores de la verdad, de asirse más en lo cómo debía ser buscado, lo que nunca estuvo oculto, salvo para estos que siempre lo observaron como una cosa, como un instrumento o como un medio y no como lo que es, siendo, estando allí, desocultándose en el ocultamiento de la tozudez de pretenderlo asequible. Daremos un ejemplo de como la tradición que surge de Aristóteles.

 

“El tema que desde hace mucho tiempo, ahora y siempre, se ha buscado y ha planteado renovadas dificultades, ¿Qué es el ente?, viene a ser, ¿Qué es la ousía?” (Aristóteles, 1986, p. 285)

 

Generará luego un “rigor mortis” en cuanto a la posibilidad de entender de lo que se trata, sin que se pueda salir de un camino, enfatizado y determinado casi fanáticamente, por un conjunto de reglas, o un corset o molde que impide el poder generarse perspectivas más allá de lo estipulado por quiénes se creyeron de un momento a otro los único capaces de establecer las reglas de juego del conocimiento, como sí el abordar él mismo, los debiera tener, más aún en forma expresa y específica, como estos, enajenados de libertad, así lo dispusieron.

Nunca dejará de pasar tal estadio, y probablemente no se le brinde ningún tipo de consideración academicista a lo no aceptado o lo que al menos pretenda situarlo dentro del ámbito de lo admisible.  De hecho, como observamos, lo que no proviene de la tradición o lo metodológicamente comprobado a lo sumo le puede corresponder el exotismo de lo “multicultural” o a lo sumo raro, acepciones que en nada se corresponden con la seriedad occidental.

 

Preguntamos ¿Qué significa la seriedad del intelectual? ¿Está dada sólo por un riguroso aparato crítico y abundantes citas en lenguaje original? La única seriedad que queremos y buscamos porque no tenemos es la del compromiso con el hombre latinoamericano con su ser y su verdad (Cerutti, Horacio, 2005, p. 299)

 

A esto es lo que reacciona, o lo que en verdad se va gestando ante tanta predeterminación, o arbitrariedad, en un ámbito en donde supuestamente se pregonara lo contrario, tal como el claustro universitario. La institución de características perversas, al alentar vientos libertinos que no dejaba circular dentro de sus propios edificios de estilos medievales, se vio asediada por la necesidad de una mayor apertura, aumento de población y cambios de paradigma, que a nivel político-filosófico se coronan con la llegada del Marxismo, como antídoto, como reacción, como mecanismo de defensa, ante la asolación de la híper-presencia de un dios que en verdad, fuera de la universidad, en verdad estaba ausente en todos los lugares y momentos.

El Marxismo irrumpe, además, como el espacio de esa libertad ausente, pero apuntando esa ausencia libertaria de las fábricas, desde el núcleo básico del sistema económico y político, se auto enviste de solución salvífica, pero desde el presidio de máxima seguridad del claustro. La única forma de que esto precisamente no se notara, que siguiera oculto, era que precisamente, naciera como dogma que apuntara a la realización de las libertades (podríamos volver a Hegel, cuando estipula que lo filosófico, sólo puede darse en el ámbito de la libertad política, de todas maneras es una obviedad crasa, que toda la historia es nada más que el dialogo intergeneracional entre un puñado de hombres europeos, avalado, promocionado y sostenido por otro grupo un poco más cuantioso de seguidores o aduladores) posibilitándole a ese proletario que se librara de las esposas del sistema productivo, claro que esta formulación, originada en ese laboratorio con cláusulas aún más atentatorias de las libertades más básicas, nunca sería visto desde esta perspectiva, ese dispositivo de encapsular lo que pueda ser dicho y entendido como verdad, debía salir de algún presidio, por más que discutiera otros sitios de encerramiento de la libertad.

 

“El traslado al ámbito intelectual latinoamericano de algunas de las polémicas que desde los años cuarenta y cincuenta se venían produciendo en el seno del llamado «marxismo occidental» —contrapuesto al marxismo-leninismo emanado del bloque soviético— sobre algunos temas filosóficos, éticos y estéticos, conmovieron cada vez más el ambiente en el que se desarrollaría el marxismo en América Latina.  Por otra parte, el auge que tomaron las posiciones filosóficas críticas del marxismo en diverso grado, unas veces para tratar de permearlo como el existencialismo sartriano y otras para sustituirlo como la filosofía de corte neopositivista, la analítica, el neotomismo, etc., dieron lugar a que el marxismo se situara en mayor medida en el centro del debate intelectual y se expresase de diversas formas como en el caso de su interpretación como filosofía de la praxis desarrollada por el destacado pensador hispano-mexicano Adolfo Sánchez Vázquez” (Guadarrama González, Pablo 2008, p. 35).

 

El terreno por sobre seguro, por más que sean senderos de bosque (como lo metaforizo otro reconocido, por el gueto, o continuador del diálogo intergeneracional que se da en llamar filosofía, pensador alemán) debe atenerse, necesariamente, para sus consideraciones, sus finalidades hipostasiadas, a lo escrito, a lo académicamente aceptado, jamás puede estar navegando en un éter no comprobado como una tradición oral, en lo indeterminado de una danza, de un ritual, de un contemplar un amanecer, consustanciado en el ser ahí, desde lo que se es, con la pachamama o con la madre naturaleza. La necesidad de verdad, de esa verdad ciencista occidental (que nunca pudo arrojar ni un ápice de luz ante el fenómeno más trascedente de lo humano, que es, ¿qué ocurre y porque ocurre la finitud o la muerte?) no tolera, no acepta, no asimila, no absorbe nada que no sea tal como dispusieron sus reglas antediluvianas.

África y Latinoamericana, sin embargo, colonizados, conquistados por ese occidente reglado y reglamentador, no sólo que vieron imposibilitadas sus posibilidades de que se conocieran sus distintas formas de relacionarse con las primeras y últimas cuestiones de lo humano, sino que tuvieron que deconstruir, decodificar, lo impuesto, asimilarlo y reconvertirlo a su interpretación y con ello reescribir lo que se les había dado, o impuesto como lo que debiera ser.

Como observamos a continuación, las problemáticas, más allá incluso de las barreras idiomáticas y geográficas no dejan de ser similares, sincréticas, independientemente incluso de aspectos etnográficos e históricos, si bien ambos continentes, formaron parte de un proceso que los tuvo igualmente de víctimas ante la irrupción y la dominación perpetrada por la razón iluminada, por los hijos o alumnos de la filosofía universal, lo cierto es que existen ciudades populosas, que históricamente han sido sincréticas (por ejemplo la Primera capital del Brasil, San Salvador de Bahía) y que desde aquellos años de fustigación, propone, en esa convivencia, en ese maridaje o consustanciación entre lo Africano y lo Americano, fenómenos o expresiones culturales que trascienden lo meramente artístico ( ya expresamos la religiosidad, el carnaval, la danza-ritual de la capoeira, o el olodum, como ya manifiesto filosófico aglutinante del orgullo de ser).

 

“Fanón, desde el ángulo de la dependencia Africana se plantea el problema de la dependencia y el de su necesaria correlación el de la liberación de los pueblos bajo colonización. Planteamiento que transforma la vieja preocupación universal, por lo que se refiere a hombres y pueblos que han entrado en la historia bajo el signo de la dominación colonial. Así lo reconoce ahora el pensamiento, o filosofía, de la liberación, que se hace simultáneamente expresa en nuestros días en América Latina, Asia y África” (Zea, s.f. p. 209).

 

Como expresáramos de lo que se trata en el fondo es de volver a definir de que se trata o que es lo que trata o debería tratar la filosofía.

La definición conceptual de filosofía ha sido inquietud de diversos filósofos a lo largo de la historia, dejando como resultado innumerables concepciones en diferentes contextos y épocas. Cada concepción permite darle un enfoque de acuerdo a la definición que se tenga, no existe una respuesta única y una definición exacta de lo que es filosofía, cada filósofo la caracteriza de acuerdo a sus presupuestos teóricos; es por ello que uno de los principales debates y discusiones tradicionales del ámbito filosófico es su definición. Es pertinente dedicar un espacio para conceptualizar el término filosofía. Para el presente trabajo se asume la perspectiva de que:

 

“La filosofía es el arte de formar, de inventar, de fabricar conceptos […] crear conceptos siempre nuevos, tal es el objeto de la filosofía. El concepto remite al filósofo como aquel que lo tiene en potencia, o que tiene su poder a su competencia, porque tiene que ser creado” (Deleuze & Guattari, 1993. pp. 8-11).

 

La filosofía como creación de conceptos busca encontrar nuevas maneras de pensar que conducen a nuevas maneras de relacionarse, ver, entender y escuchar el mundo. Con ello se generan encuentros para vivir otras experiencias. La creación de conceptos permite la crítica y al mismo tiempo la creatividad, es decir:

“Los filósofos se pueden clasificar en edificadores (creadores) y sísmicos (críticos); en los dos casos los conceptos se convierten en movimiento y vehiculizan la creación y la crítica; la creación deviene de la crítica y la crítica deviene de la creación” (Pulido Cortés,  2009, p. 96).

 

La creación de conceptos se convierte en una nueva posibilidad, un acto particular y no una designación que limita la sensibilidad y la experiencia propia, no es un concepto dado, tampoco se impone, sino que es el reflejo de un acontecimiento:

“Los conceptos no nos están esperando hechos y acabados, como cuerpos celestes. No hay firmamento para los conceptos. Hay que inventarlos, fabricarlos o más bien crearlos, y nada serían sin la firma de quienes los crean” (Deleuze, & Guattari, 1997, p. 11).

 

O para comprenderlo o asirlo con mayor claridad meridiana:

 

“El concepto no está hecho sino que es una invención del filósofo que se conecta con la realidad, una experiencia que convierte los conceptos en temporales y no en universales, es así como los conceptos no son dogmáticos, ni una imposición. La filosofía se encuentra con la creación, pues este encuentro permite construir nuevos pensamientos que fabrican el concepto para repensar constantemente los acontecimientos del mundo (Mariño Díaz, 2012, p.193)”.

 

Inveterada costumbre, como contradictoria y de resultados inciertos, la de poner, establecer, fijar o determinar el comienzo, el inicio, el punto de partida de la filosofía tal como la venimos entendiendo desde esa inmemorialidad del tiempo. Aporías que se bifurcan en senderos sinuosos, del que nos resulta imposible apartar nuestras pisadas, fijamos en esta exploración, el adentrarnos en la perspectiva, en el camino, sino recurrido o recurrente, de lo poético como disparador, como punto cero, agregándole la exhaustividad, probablemente irreverente de considerar el texto homérico, el primer verso, de la Ilíada como ese instante perpetuo, esa perpetuidad capturada a la luz de lo que consideramos inteligible, filosóficamente aceptable, el dial de la sintonía para este largo, como pretenciosamente sempiterno, dialogo  que establecimos, con el renunciamiento expreso a una conclusión o a elementos concluyentes, pero del que no podemos o no podríamos renunciar a fijarle un principio determinado, específico, que combate ante el desparpajo omnisciente de la incertidumbre del arrojo existencial del que somos parte. Y por ende, al dinamitar ese principio formal, forzado y metodológico, y poder situarla en la poética Homérica, ¿cómo no podemos ubicarlo en la poesía o en la danza africana?, ¿quién y bajo qué vara filosófica, entendida esta como lo argumentados, podrá decirlo que no lo es lo que constituye una filosofía menor en relación a otra, que sólo varía en diferentes concatenaciones de palabras.

 

“Los elementos fundamentales de la función profética parecen ser los mismos en todas partes. En cualquier sitio el don de la poesía es inseparable de la inspiración divina. En todas partes la inspiración lleva consigo conocimiento – del  pasado en forma de historia y genealogía; o de lo que no sabemos del presente, comúnmente en forma de información científica, o  del futuro, en forma de profecías en sentido estricto. Su conocimiento siempre se acompaña con música, vocal o instrumental. La música en todas partes del medio de comunicación con los espíritus. Invariablemente encontramos que el poeta y vidente atribuye a su inspiración al contacto con poderes sobrenaturales y cuando lanza sus profecías, su ánimo se ve exaltado y se aleja del que tiene en su existencia normal. Generalmente encontramos en todas partes un procedimiento reconocido por el medio del cual se provoca el estado profético cuando se desea. Las elevadas pretensiones del poeta y vidente se admiten universalmente, y el mismo alcanza una posición social privilegiada donde quiera que se encuentre” (F.M. p. 120-123).

 

Ese amanecer intelectual de un occidente en donde atardece por necesidad, sedimentó el giro eurocéntrico, pues en Latinoamérica (como espacio no geográfico, sino más bien conceptual, en donde abrevó el continente Africano, básicamente por el tráfico de esclavos) la reacción ante esa opresión, enmascarada en el dios de quiénes impusieron las reglas, sociales, educativas, morales, y religiosas, se dio necesaria e imperiosamente por intermedio del marxismo.

Como podremos observar se dio, y como decíamos, por intermedio de una reescritura, o resignificación, de ese concepto tutelador europeizante, que en ese occidente imponedor, discutía otros conceptos y categoriales con la religiosidad y con lo político, y que se tradujo en nuestras tierras como, revoluciones atestadas de armas y de violencia, pero que paradojalmente siempre recurrieron, tanto en unos como otros (es decir los que estaban a favor y los que estaban en contra) a los sectores más desposeídos, marginales y pobres.

Dos casos resultan paradigmáticos. Uno sucedió en el Perú, cuando el licenciado en filosofía Abimael Guzmán, decide, inspirado en el fundador del comunismo en su país, el intelectual José Carlos Mariátegui, crea “sendero luminoso”, que no era más que un giro literario invertido, que utilizaba el amauta , para señalar que su país debía seguir el luminoso sendero del marxismo. No casualmente el llamado forjador de la Peruanidad, exclama lo siguiente, al parecer defendiéndose de lo que parece una acusación de eurocéntrico:

 

“No faltan quienes me suponen un europeizante, ajeno a los hechos y a las cuestiones de mi país. Que mi obra se encargue de justificarme, contra esta barata  e interesada conjetura. He hecho en Europa mi mejor aprendizaje. Y creo que no hay salvación para Indo-América sin la ciencia y el pensamiento europeos u occidentales. Sarmiento que es todavía uno de los creadores de la argentinidad, fue en su época un europeizante. No encontró mejor modo de ser argentino” (Mariátegui, 1979, p.22).

 

No continuaremos la búsqueda imposible de razones en la sinrazón terrorista, que dejo un luctuoso saldo de decenas de miles de muertos a manos de “Sendero Luminoso”, pero sí es necesario volver a consignar, que tanto el hacedor de esta organización delictiva, como su involuntario inspirador (Mariátegui), se reconocían (Guzmán incluso se autoproclamaba la cuarta espada del marxismo) como Marxistas al punto de; uno ser el fundador de la expresión política del mismo y el otro su expresión en el hacer de la “revolución proletaria”, en la Latinoamericana república del Perú donde les toco nacer y decidieron vivir y hacer  vivir a sus compatriotas, la interpretación que le dieron a los conceptos de un pensador profundamente europeo, cuando no específicamente germanófilo.

Años después brota de las mismas tierras latinoamericanas, esta vez algo más al norte, en México, un nuevo fenómeno, vinculado con la filosofía académica, pero que necesariamente, como en el caso de Perú, se disrumpe, se discontinúa, se sale de aquel concepto de forma como de fondo, profundamente eurocéntrico, de congeniar o ensamblar, tanto el rigor metodológico que conlleva a enclaustrar la verdad, como lo hicieron en forma plena en el medievo y el monopolio ejercido, tanto de ambos lugares del poder educativo (educadores como educandos) desde el  entronizado concepto, ya movimiento ideológico del marxismo. El “brote” mexicano se denominó la insurgencia Zapatista y años luego sabríamos que el líder, Rafael Guillén, pertenecía a las filas filosóficas de la universitas, y si bien, siempre dejo en claro no ser Marxista, no tuvo eco en preconizar que no se lo catalogara de tal manera (más que nada para la prensa) con la diferencia, sobre con todo con Guzmán (que incluso se declaraba la cuarta espada del comunismo), que las propias producciones escritas de Guillén, indudablemente profusas, le  valen una chance, una posibilidad de salirse de esa etiqueta autonómica, asequible a todo aquel que con el solo hecho de plantear aspectos diferentes a lo establecido es indefectiblemente catalogado como un hijo dilecto de la filas del marxismo. Como expresábamos en relación a Guillén, podríamos afirmar que toda su obra escrita, no solo es una justificación a su “polémico hacer”, o su posición en el mundo, sino que también es un tratado completo para no ser considerado, catalogado o etiquetado como Marxista, pero para ello inevitablemente o indefectiblemente, sus considerandos han abrevado, en mayor o en menor medida en el marxismo o neo-marxismo.

 

“Una de las falacias neoliberales consiste en decir que el crecimiento económico de las empresas trae aparejados un mejor reparto de la riqueza y un crecimiento del empleo. Pero no es así. De la misma forma en que el crecimiento del poder político de un rey no trae como consecuencia un crecimiento del poder político de los súbditos (antes al contrario), el absolutismo del capital financiero no mejora la distribución de la riqueza ni provoca mayor trabajo para la sociedad. Pobreza, desempleo y precariedad del trabajo son sus consecuencias estructurales” (Recuperado de “http://www.cgt.es”)

 

Por supuesto que hemos citado estos ejemplos, sin hacer hincapié ni historicismo, de los procesos políticos (sustentados ideológicamente en lo que se dio en llamar “El marxismo”) que se dieron en Latinoamérica como en África durante el proceso mundial conocido como “Guerra fría”, pues sin ánimo de equivocarnos, probablemente estaríamos en un porcentual muy alto de vinculación, determinando que el concepto del marxismo, como respuesta al teocentrismo, se dio como una respuesta desde el ámbito de la academia, que por veleidades romántico-revolucionarias (recordar en aquellas décadas los conceptos del compromiso intelectual y de los reduccionismos como ideas movilizantes “Pidamos lo imposible” como consigna insignia) derraparon en procesos políticos de facto, pero que surgen como planteo- educativo formal que se elucubran desde las usinas de poder universitarias.

Para ponerlo en términos más claros, el erario público, que sostiene cada una de las universidades de estas partes del mundo, deja de estar presente en otros ámbitos, tan o más necesarios para la mayoría de estos pueblos, es decir, el pupitre de la universidad y el pizarrón, significa y representa una anestesia menos en un hospital, una puerta menos en una casa para una familia indigente.

Sin querer significar otra cosa de lo que afirmamos simplemente queremos preguntarnos y preguntar. ¿Cómo le ha devuelto la filosofía esta inversión a su comunidad? ¿Le ha brindado acaso un sistema político, educativo o social nuevo? O ¿Ha fomentado cierto onanismo intelectual, en donde en el mejor de los casos, como subproducto o como resultante brindó tanto a su comunidad como a la comunidad internacional, no sólo decenas de miles de tesis doctorales que duermen el sueño de los justos en libros que nadie lee, sino también doctores que colonizados en sus conceptos eurocentristas no colaboran o contribuyen para que pueda darse la posibilidad, que desde las aulas o fuera de ellas, pensemos en términos más relacionados con nuestras características y peculiaridades culturales?.

La respuesta la brinda lo que se da en llamar filosofía de la liberación, que no casualmente, se desdobla en una teología de la liberación, donde lo central y lo fundante es tal como expresara Cerruti, mediante Dussel, (actores principales y fundantes de lo filosófico en Latinoamérica)  en la opción por los pobres, en una vinculación con el hábitat, con lo dado, con lo originario, no sólo no invasivo e integrador, consustanciado en individuo y comunidad, sino también, libre de finalidades, para las cuales haya que respetar, a rajatabla, procedimientos metodológicos, estrictos y cercenatorios del sentido más profundo de la libertad.

La opción por el pobre, por aquel cuya ausencia de algo básico, horada, percude su condición de humano, es la síntesis, (para que los eurocéntricos nos entiendan, en términos hegelianos si lo desean) es la abreviatura, es la simbiosis, de lo que fue entendido, o mejor dicho impuesto, bajo los términos nominalizados como Dios y Marx.

Lo que puede significar, un pensar que entendamos nosotros mismos como latinoamericano, converge necesariamente en los conceptos arriba mencionados, pero interpretados necesaria y básicamente, como la opción por los pobres.

Pensar a Dios y Marx, como algo más allá de su vinculación con el otorgar respuestas al condicionamiento del pobre, es seguir sujeto a las imposiciones que esos conceptos nos traen o nos vienen, arropados o contaminados de un eurocentrismo, del cual debemos necesariamente salir, o del cual debemos desintoxicarnos, sin que ello signifique atacarlo o negarlo.

La dictadura del proletariado, la plusvalía, el sentido de culpa y el paraíso celestial, no deben ser playas en donde debamos llevar el barco de nuestros pensamientos, nuestros pasajeros hace tiempo que nos vienen indicando de la no existencia de puertos posibles, en tal eterno transitar, no son pocos, los desafíos que recurrentemente se nos presentan en alta mar, pero ninguno de los mismos lo resolveremos dirigiendo el navío a lugares inexistentes en nuestras latitudes y por ende ninguna de las cartas de navegación  editadas en aquel occidente tutelador nos puede resultar decisivamente necesario, útil o mucho menos indispensable.

El mundo (recordar la valía conceptual de nuestro sincretismo cultural, culposo, aterrador, peregrino, sacrificial, del cual la música es la poesía que irradia su verdad transcendente más allá delas formas) podría estar prestos a escucharnos, sería necesario que nos debemos cuenta que podemos estar consustanciándonos en algo que verdaderamente nos lleve en un más allá del tiempo y del lugar, en verdad,  recuperar esa voz primigenia de nuestros antepasados, que quizá la expresó  nuestro literato correntino (Litoral de Argentina) Martín Alvarenga, con ese principio de que Latinoamérica empieza en Corrientes, somos la profecía y el origen…”

Al igual que las religiones tradicionales africanas que no están sometidas a dogmas, los filosofemas o semillas del verbo filosófico africano no están sometidas ni a sistema ni a veces a la lógica al uso. Así lo expresa categóricamente quién más ha occidentalizado, la filosofía Africana, es decir para que pueda empezar a ser tratada como tal en los claustros filosóficamente aceptados, como podemos ver en la siguiente cita:

“Vivir en el aquí y en el ahora, es la preocupación general de la filosofía africana, no hay posibilidad de pensamientos mesiánicos o de creencias apocalípticas, pero sí de una preocupación intensa por el tiempo. De modo que Dios es para el africano la explicación del contacto del ser humano con el misterio del tiempo. En África el sentido del tiempo es no filosófico, por tanto no se puede hacer ciencia (objeto y método para definir lo ordenado, lo que requiere un ordenamiento más allá de lo secular) y la filosofía es danza, Kaumbaaa”( Massó Guijarro, Recuperado                 de http://serbal.pntic.mec.es/~cmunoz11/masso38.pdf)

 

Aquí se vislumbra con claridad lo que afirmábamos en relación a la imposibilidad material que persigue occidente, como esa usina académica que pretende determinar incluso el punto cero o momento de inicio de la filosofía. Por esto mismo, es que adentrándonos en esos categoriales, con el único objetivo de invalidarlos, pudimos determinar que ese comienzo, indemostrable o indeterminable, bien podría haber estado también en la poesía Homérica, en su conexión con el canto y la danza. Y sí tal como citamos al comienzo, uno de los mayores tutores de lo filosófico occidental u autorizado, citaba la línea filosófica Griega-Germánica, otro de los considerados en este caso, anti academicista, Friedrich Nietzsche afirmaba que no creía en un dios que no cante y baile, asímimos décadas después, otro Alemán, Martin Heidegger, esta vez bien inserto en el claustro, señalaba que el Ser habitaba en el lenguaje, tomando como medidas de análisis los poemarios de su coterráneo Holderlin.

Sin embargo no deja de ser crucial, volver a citar al autor africanista, como para comprender el sentido del tiempo, un elemento decisivo para comprender el “estar en el mundo” de quién haya nacido en el continente de marras:

 

“El tiempo es para el africano una vivencia pasada y presente y, sólo en una perspectiva cortísima, de varios meses o semanas, tiempo futuro. El africano vive del pasado que ilumina el presente y no contempla una programación o proyecto de futuro. Para esta mentalidad la heideggeriana concepción de la vida como posibilidad carece de sentido. La vida, ante todo, es memoria y respeto por y para la memoria humana. Hay dos términos de la lengua suahili que expresan bien lo que en otras lenguas y culturas africanas y en la misma cultura suahili se vive respecto al tiempo. Estos son “Sasa” y “Zamani”. Sasa designa el periodo temporal de la actualidad, el ahora en que vive la persona y su tribu, es el espacio de la acción y la preocupación cotidianas. Lo que entra dentro del Sasa está ya a punto de ocurrir, no se admite (ni hay en lenguas autóctonas africanas vocablos para ello) ningún acontecimiento lejano en el futuro. Ese pequeño futuro concebible por la mente africana está contenido en el Sasa. El Sasa contiene la experiencia de la existencia del individuo. Cuanto más vive una persona más amplio es su Sasa” (Massó Guijarro, Recuperado          de http://serbal.pntic.mec.es/~cmunoz11/masso38.pdf)

 

Finalmente, y no por casualidad, como se entenderá, en una coincidencia casi absoluta con el autor, que nos alecciona:

“Quien llama a los pueblos africanos no desarrollados o subdesarrollados está empleando una terminología eurocéntrica que el africano mismo no es capaz de comprender. Un africano no planifica el futuro y, no porque sea particularmente pusilánime ante la realidad por venir, sino porque no concibe que el tiempo tenga esa medida. El centro de atracción de la medida del tiempo es el Zamani, en donde pululan cantidad de mitos explicativos del origen del mundo, del ser humano, del silencio de los dioses ante el hombre, de la llegada de los humanos a la tierra de los antepasados. El sentido yace en el Zamani” (Massó Guijarro, Recuperado   de http://serbal.pntic.mec.es/~cmunoz11/masso38.pdf)

 

Entre los conceptos encontrados, en su hendija, en el hiato inexplicable de lo que se pretende hacer explicable o filosofable, se encuentra una tercera posibilidad, que brinda una alternativa, que en definitiva, no es ni más ni menos, que el mero desconocimiento y la inexplicable esperanza ante el desconcierto que propone el reinado, natural, de la incertidumbre.

Tal vez si no iniciático, una de los conceptos iniciáticos de la filosofía y del pensamiento occidental, introducido por Anaximandro, es la definición de lo engendrado, lo inacabado, el principio donde surge todo lo que perecerá allí. Con el paso del tiempo y de nuestros temores o de la ambición desproporcionada para vencer la naturaleza de ese temor, aquello que no tenía un curso, lo indeterminado, trocó en lo incierto, la humanidad se alarmo y le dio connotación diabólica  a lo que no maneja o no controla.

La exclusividad excluyente de pretender un mundo, en manos de un solo creador, interpretado por hijos dilectos o profetas, socava la armonía de quiénes depositan sus expectativas en aquello que provenga de sus sentimientos más fidedignos (que por lo general son múltiples, contradictorios, la caótica efervescencia en la que se manifiesta la libertad) éstos convertidos por la sujeción o conversos por condicionamiento, no tienen problemas después, de vehiculizar esa violencia, esa ira, ese odio que cultivaron en ellos, en actos de violencia, en heridas desgarradoras, diciéndose adalides de ese dogma que los ha vejado, están prestos a perpetrar cualquier tipo de tropelía en contra de esa humanidad que ha permitido que les supriman el derecho de creer en lo que rayos hubiesen querido. Esta radicalización, por no decir talibanización, descansa en el apotegma inescrutable de que les espera otra vida en un más allá imposible de escudriñar por nuestras falencias de las que en un segundo término, operan como persecución, en quiénes dictaminan que la falta de fe en tal trascendencia, puede resultar pecaminosa como ignorante, pero en igual caso, pasible de ser sancionada, excluyendo, nuevamente, al ya considerado marginal que no se atiene a lo establecido, como lo único, que para no ser presentado ante el mundo como arbitrario, se han permitido, subdividirlo en tres vías, que son ni más ni menos que la tríada conceptual monoteísta que impera en el mundo del logos, en el mundo de los conceptos. Las otras manifestaciones humanas, variopintas y por lo general, politeístas, no poseen otras consideraciones más que de carácter multicultural, exóticas, estrambóticas, o dignas de ser retomadas como si fuesen modas circunstanciales solo asequibles para señores ricos y aburridos, con derecho, ellos sí, a cualquier cosa y todo.

Lo más preocupante, de lo que aún no se discute, o no se ha planteado, es la socialización de esta discusión, pues sólo fue abordada desde el bostezo de lo filosófico,  esta violencia, esta corrupción imperial, esta vejación al espíritu múltiple del ser humano que es el substrato de su ambición de libertad, permite que vivamos y que continuemos viviendo bajo un mundo, supuestamente seguro, tendiente a lo armónico y pre configurado hacia una paz perpetua imposible, en donde los latrocinios se siguen llevando a cabo, básicamente, por el costo que pagamos por tener un mundo que nos pretende creyentes de un solo dios, llámese como se llame este, sus discípulos, hijos, profetas o seguidores.

Huelga destacar que no se trata de una cuestión religiosa, teísta o filosófica, es una cuestión política, pues este ordenamiento, este verticalismo, se difumina en todas las estructuras de ese sujeto al que sólo le queda creer, y casi colateralmente obedecer a un uno, llámese este caudillo, dictador o presidente. Para reconfigurar lo expuesto, en nuestras democracias actuales, se debería empezar a pensar en que los ciudadanos, en vez de elegir a personas que encarnen proyectos, ideologías, o letras muertas de lo establecido en partidos políticos, votemos directamente, proyectos, propuestas, modelos o formas de hacer las cosas y que la ejecución de las mismas, pase a ser un tema totalmente secundario, esto sí podría denominarse algo que genere una revalidación de lo democrático, pero no estamos en condiciones de hacerlo actualmente, primordialmente por lo que veníamos diciendo con anterioridad, el gobierno de ese pueblo, está en manos de uno sólo, a lo sumo, en cogobierno por un legislativo (con flagrantes problemas en relación a la representatividad, que sería todo un capítulo aparte el analizarlo) y supeditado a un judicial, que siempre falla, de fallar en todas sus acepciones, liberar la opción de ese pueblo, para que elija su gobierno, mediante las ideas que se le propongan, sin que sea esto eclipsado por la figura de un líder o lo que fuere, en tanto y en cuanto siga siendo uno, recién podrá ser posible, cuando su vínculo con la vida y la muerte, no tenga que ser anatematizado mediante la creencia o no creencia, que como vimos son las dos caras de una misma moneda, en un ser único y todo poderoso, creador de este mundo y de todos los otros, los posibles como los imposibles.

El filósofo o quién filosofa, es un dictador sin ejército o con soldados imprimibles en papel, desea, intenta dominar al mundo bajo un antojo argumental, la política o el político sin embargo, intenta, más allá de tantas cosas, obtener el control sin que nunca lo obtenga del todo, el político puede ser un dictador, circunstancial, pero nunca reconocerá tal situación, que pretende, en lo subyacente ese dominio real, el filósofo sin embargo, es honesto desde el inicio, y muchas veces, en caso de pretender ser un filósofo en la política, reconocerá los límites de lo imposible, por más que sea tentador, de trasladar la fantasía filosófica de dominar todo en la realidad, además de su presumible preparación cultural e intelectual, pese a ello, nada garantizará un éxito en lo político, lo que sí, el filósofo tiene más elementos para hacer política, que el político para hacer filosofía, sobre todo en nuestras tierras, muy ocupado en cuestiones menores, hasta para la política misma.

La intemperie de la nada, como producto o respuesta de eso otro, de eso no controlado que es lo incierto,  es la sensación más fuerte y fabulosa que podemos experimentar en la experiencia de la vida, ni la mejor comida, ni el polvo más intenso, ni la mirada más pura y candorosa de un hijo le asemejan, estar frente al mundo efímero siendo plenamente consciente de ello, es como volar sin prisa ni pausa, sin horizonte ni norte, haciéndolo simplemente para fundirnos en el viaje mismo, desintegrarnos en partículas para volver al todo, al cual pertenecemos y por el que imploramos regresar.

En él mientras tanto, este que llamamos, fútilmente vida (lo que se inicia y termina, de alguna manera está controlado, escapa a lo incierto, el tramo, ese estar) supuestamente hacemos y dejamos de hacer muchas cosas, pero en verdad en la medida del tiempo de lo que somos íntegramente, la vida vivida es como el fractal de tiempo en que decidimos tocar el botón del control remoto para cambiar un canal, la tecla del teléfono o de la computadora, el resto, lo sustancial, ese instante eterno es cuando todo y nada sucede a la vez.

Seguramente podrá parecer para algunos, un juego de palabras, un acertijo de intenciones o un truco de ilusionistas de los conceptos, en verdad vamos con el bisturí hasta el hueso, cavamos hasta la profundidad del núcleo y nos elevamos infinitamente, como cuando nacemos o abandonamos el mundo, como cuando nos duele algo, cuando estamos contentos, cuando comemos, cuando vamos al baño, cuando besamos, cuando lo hacemos, en esa suma de instantes de plenitud, que más luego pretendemos replicar o mantener o repetir, vanamente, es precisamente la razón de ser de nuestra finitud, de sabernos prescindibles, por más que pretendamos dejar de serlo.

Es como pretender captar, capturar o secuestrar el instante mediante una foto, contar, narrar o describir una vida, mediante una novela o una película, un divertimento menor en los tiempos del calvario cuando nos azota la certeza de sabernos enfermizamente débiles, suplicantes, originariamente creativos como para inventarnos el rededor de la vida.

Esa historia detenida, por nuestros miedos, por nuestras ausencia abismal de arrojo, para que todo valga lo que tiene que valer, esa sensación, única y pura, que no se repite, ni repetirá por nada del mundo, porque de eso se trata, el poder movilizarnos en un espacio en donde la repetición constante, la instantaneidad, las imágenes deconstruidas desde su misma inconsistencia ya no representen ninguna significación, que la implosión esperada en verdad sea el sendero que nos vuelva, o nos devuelva la magnificencia de volver a sentir, a ser lo que somos y dejamos de serlo, por la concavidad de aquellos espejos enfrentados, la vieja alerta de la caverna de la que aún no podemos ni asomarnos a la hendija que nos libera.

Es entendible la angustia de vivir entre la espada y la pared, es decir ante el prisma que vivimos en una sociedad donde nuestra clase dirigente, salvo contadas excepciones, no posee, no ya principios, ideologías o ideas base, sí no una mísera noción de cómo pararse ante dilemas, que cada tanto aparecen, pero que nunca se pueden dejar de lado, porque vienen con nuestra historia, con nuestro ser.

Lo más correspondido o correspondiente con lo que planteamos desde un inicio es no brindar una conclusión, o síntesis de lo expuesto, ni cómo corolario, ni mucho menos como una explicación acerca de algo que nos brinde una nueva batalla ganada, ante la eterna disputa a la que estamos condenados a salirnos perdidosos, aceptar el poder de lo incierto, sin que ello signifique claudicar en lo que deseamos, por más que esto mismo nos debata en contradicción con lo que pensamos y queremos epidérmica o sentimentalmente, podría ser una senda en el bosque, de los tantos existentes y a existir que nos llevarán a un lugar determinado, lugar que seguramente estará controlado por algo o alguien (conceptualmente) y en el caso de un no lugar sin este requisito, nuestra mente estará creando o recreando algo, para hacernos sentir, esa sensación de certeza, que podrá ser la muerte, como cesura del todo, la añoranza de la vida intrauterina como reflejo condicionante de un estado de conciencia, o la verdadera práctica de la filosofía, o mejor expresado la faz ontológica, el aspecto más crudo de aquello que le brinda sentido, haciéndole perder sentido a quién lo ofrece a esos otros que por intermedio de ese discurso o interpretación pretende controlar para no ser controlado por esa necesidad sustancial de la certeza o lo cierto.

Tenemos en esta instancia del texto, un terreno incierto, previamente dinamitado, por la necesidad de reacomodar todo lo impuesto, lo que nos ha sido planteado como una obligación o imperativo categórico, que como vimos al primer síntoma de no acatarlo, se nos categoriza desde la vara de no poseer condiciones específicas como para que nuestro pensar, sea sopesable de acuerdo a sus consideraciones, imperiales en sus propios términos. Observaremos a continuación, como momento previo a la conclusión, como tras estas condiciones dadas, se trabaja para la eliminación del otro, desde una perspectiva más antropológica quizá, se delimita a lo que no es uno (es decir tras haber destruido el sentido colectivo, y dejarlo al desnudo un sentido individual, el que puede ser nuestro socio, compañero o par, pasa a ser una contrafigura, un enemigo, un rival, alguien a quién vencer, por la generación de un temor por la diferencia).

La construcción del otro, por la diferencia, se constituye básicamente con el supuesto Darwiniano de evolución, que parte desde una construcción teórica – biológica que ampara un progreso del ser en cuanto tal, evidente en la constitución evolutiva del mono al hombre. Este sistema aplicado por Morgan y Taylor en las definiciones antropológicas, considera una condición social determinada, como receptora de atributos que sobresalen de las demás expresiones de cultura y de esta manera se encuentran diferentes manifestaciones graduadas de sociedades.

Podemos observar que el interés solo se condiciona a una idea ilimitada de progreso o evolución o lo que es lo mismo, a no determinar un telos a la condición u objeto de estudio antropológico, con el argumento de no poder anticipar los progresos debidos a los decretos azarosos de la genética (campo de discusión para la bio-ontología) los principios de esta corriente no definen una particular finalidad de lo mismo con respecto a su otro (la diferencia que actuaría como condicionante necesario) si no que solo se limitan a resguardarse  en una diversidad histórica (en los aconteceres sociales que hacen a la diferencia) que no deja de ser una mismidad, en cuanto a la realidad del sujeto, en cuanto tal (sostenemos esta aseveración parapetados en los magníficos desarrollos Aristotélicos del sujeto y su acción presentes en sus obras tituladas Metafísica y Física).

El otro por la diversidad latente en Malinowski y en Lévi-Strauss avanza en un camino crítico de la anterior postura. El primero funda sus construcciones en la diversidad dada por la necesidad. Esta cuestión es interesante, ya que se aparta de una idea de reglamentación axiológica para centrar sus presupuestos en diferentes ideas de otredad. El gran inconveniente que encontramos, es que esta corriente, cuenta con la innovación en la observación participante solo considera al género como una agrupación tendiente a satisfacer sus naturales necesidades fisiológicas. Es decir que comparando  al género supremo o poseedor de razón con su inferior o carente de raciocinio, no existiría diferencia alguna. Por tales motivos es imposible situar para nosotros esta perspectiva como satisfactoria o valedera para tratar de buscarle una solución a nuestro conflicto.

Lévi –Strauss al plantear la unidad Psicobiológica del hombre, traslada todo su análisis en ciertas comparaciones, que delimitan la diversidad en cuanto a la particularización de cada cultura. El principio universal de prohibición del incesto toma a cada manifestación cultural como una naturaleza única y a la vez múltiple ya que el Belga se concentra en análisis sociológicos para nominalizar las diferencias.

Los Neomarxistas construyen al otro por la desigualdad.  Amparándose en las distinciones Marxistas que parten desde las consideraciones políticas en cuanto a las clases sociales como reacción de un estado social particular. De esta manera nos encontramos ante un análisis que presenta un fin, el de la disputa o la adecuación exacta de un sector social a una determinada circunstancia histórica. Observamos con cierto interés esta construcción, pero su base Hegeliana, dentro de un marco social no filosófico nos permite desechar este sistema.

La temporalidad social definida como Modernismo (en realidad hoy hablamos de postmodernismo, pero esta consideración daría para otro trabajo hermenéutico) en donde las diferencias están sujetas a la acumulación de la mismidad (la producción en serie) producen un estado de inseguridad ante lo que no se debería presentar como tal, la afirmación presente en el texto de M.Bermann  “,Todo lo sólido se desvanece en el aire” nos parece tan ajustada y sintetizadora que la tomamos como máxima para abordar la situación que nos atañe.

Dentro de este marco en donde la identidad está dada bajo parámetros económicos y en donde la diferencia se podría encontrar en la exclusión (ver el trabajo de V.Forrestier ¨ El horror económico¨) nos es fácil encontrar el porqué del fracaso continúo de las diferentes corrientes que intentan abordar la problemática antropológica en nuestros tiempos.

También consideramos que toda construcción que no contenga una finalidad del género en cuanto tal, discurrirá en opiniones que no pertenezcan, según nuestro parecer, a la misión del saber antropológico.

De esta manera debemos retomar la definición de la cosa como para encontrar un ideal de otredad y mismidad. Esta, debe considerar los predicamentos del ser (entendido este bajo sus naturalezas inherentes e inexplicables) como una consecución o un devenir en búsqueda de precisamente este ser- ahí (Dasein), para esto primero habría que preguntarse por el ser mismo, ya que las definiciones se encargan solo del ente o de los predicamentos de los predicables, pero situarnos dentro de este campo nos obligaría a abandonar nuestra actual observación. En líneas generales, lo que se exige es tomar las consideraciones ontológicas- gnoseológicas para de este camino situar las diferencias e igualdades que la inseguridad del mundo de las apariencias no nos permite divisar. Pero precisamente el tratar de buscar el elemento esencial de lo universal  nos permitirá dejar de helado las imposiciones que el mundo moderno nos impone con un ciego preguntarse.

Dejando de lado, el texto académico, lo que se intenta expresar, bajo conceptos plagados de giros que saben a humedad de biblioteca, es básicamente porque los seres humanos, y por sobre todo, los que nacimos y nos educamos en culturas occidentales, reaccionamos ante el otro, ante al extraño, ante el distinto a nosotros mismos, con una suerte de rechazo social. Para ponerlo en buen romance, ¿Que impulsa, a un occidental de clase alta, a mirar por sobre el hombre, o con soberbia, a un africano que vive bajo sus consideraciones en su continente, sin si quiere pretender colonizar o convencer de sus vivencias a quién sin embargo se oculta de catalogarlo, caracterizarlo y actuar en consecuencia?

La narración, academicista, no sólo ha sido una clara muestra de sapiencia de quién suscribe, tampoco un texto intelectual, con citas clásicas de hombres de la antropología, simplemente se constituye en un ejemplo, en un cobayo, de lo queremos señalar, con respecto a la mirada que se tiene de los otros.

El presente análisis, jamás será siquiera leído, por alguien que no haya alcanzado al menos, una educación secundaria, tampoco le dedicarán tiempo, aquellos quienes no se molestan en interrogarse, aspectos fundantes, profundos, íntimamente relacionados con los problemas culturales de una sociedad.

Los pocos, que lleguen hasta el final, y que puedan rescatar algo del planteo, por más que el texto se haga público, sabrán que aún nos encontramos a ciento de décadas, de poder al menos poner por encima de la mesa, cuestiones, que tienen que ver con el sufrimiento diario de miles y millones de personas, que son marginadas, culturalmente por sus pares.

Todos los célebres citados, los giros metafísicos y gnoseológicos, que envuelven en una cima intelectual al texto en general, no tendrían sentido de ser, sí por las noches, cruzamos de vereda, al ver a un pobre o desposeído, temiendo ser atacados o asaltados por el extraño.

Ofrecemos uno de los grandes problemas del alto pensamiento, o del análisis profundo. Este tipo de recorridos, no pueden ofrecer soluciones, o respuestas a los conflictos descriptos. La teoría, sólo sirve para describir, narrar o comentar un tema cultural en concreto.

Las soluciones o respuestas, sólo provienen de las sociedades que desean y anhelan cambios, pero para ello, primero hay que saber que existen otros modos, otras formas de vida, que los infiernos cotidianos, claro que se precisa, para sortear este segundo eslabón, el conocimiento o las ganas de ello, y como se dijo, esta es un simple muestra, que demostrará el poco interés que existe, en una sociedad determinada, de replantearse al menos, aspectos críticos que manifiestan, en conjunto sus ciudadanos.

La llave que pretende instaurar Occidente, a las puertas de Hércules, para que se sepa en forma contundente y determinada, que en tales latifundios también se lleva un combate letal y efectivo, con el antojadizo fin de vencer a la incertidumbre, se llama “democracia”. Esta suerte de antídoto, ha fracasado en los hechos en cada una de las incursiones que se han realizado, sobre todo en África. Realizar una cronología de los momentos históricos y de la suerte de cada una de estas pretensiones en tierras africanas, no sólo que sería un trabajo que le pertenecería a la historiografía, sino que además no nos conduciría a poder observar las razones de cada uno de sus respectivos fracasos.

Consignamos que injertar esta institucionalidad, se corresponde con la “actitud” tutelar señalada párrafos arriba, sin esta espiritualidad, sería incomprensible el continuar desandando las líneas de esta argumentación. A esto le debemos agregar, que este antídoto, este remedio, esta cura o solución que pretende imponer accidente, para colmo de males, como si fuese una paradoja, es un remedio, cura o solución, vencida, ineficaz, que dentro de su propuesta de respuesta conlleva, su propia y misma imposibilidad, su flagrante ineficacia que da por cierto el famoso adagio popular de “peor el remedio que la enfermedad”.

La violencia del estado que en la actualidad se traduce en su sobre-presencia en ciertos sectores a costa de la ausencia del mismo en vastas áreas y bolsones, la sobreactuación de un supuesto sentir o hacer democrático, en donde sólo se ejerce una dudosa “aclamatoria” de mayorías (sistemas de preselección de candidatos cerrada, como internas que no se llevan a cabo, que transfieren el sentido de elegir por el de optar, entre quiénes ellos, de acuerdo  a sus reglas disponen que tengamos que optar, es decir elegir condicionados) debería estar tipificado en la normativa, como uno de los delitos más flagrantes contra las instituciones y el pleno ejercicio de la libertad, de tal manera, la ciudadanía no tendría excusas como para no “levantarse” en puebladas, en manifestaciones que dan cuenta de la total y absoluta anomia, en que la incapacidad de cierto sector de la clase política nos puede volver a conducir. Propuestas es lo que sobran, se precisa de predisposición de estos para hacerles sentir a la ciudadanía que algo determinan, con el pago de sus impuestos y con sus votos. En tiempos electorales, una práctica que debería ser desterrada y que es una muestra expresa del democraticidio, es la compra de votos, mediante una dádiva, prebenda, por intermedio de corte de chapas, dinero, mercadería, merca o lo que fuere. Como también lo es la no sanción de los hechos de corrupción, o la dilación en demasía para resolver los mismos, perpetrados por hombres que hayan pertenecido a al funcionariado público.

Sí somos presa de políticos corruptos seguiremos encarcelados en el imperativo de una sociedad penalizada y penalizante para sancionar delitos y no para reconvertir conductas que no nos lleven a ellas.

Los argumentos para sustentar los diferentes proyectos que se elaboran para combatir el delito, por lo general contienen un fundamento sólido a nivel jurídico, análisis particulares de datos objetivos y numéricos y básicamente frases atiborradas de expresiones de deseo. Todos los proyectos que hablen de penalidad,  independientemente del sustento específico y práctico y de la problemática que intenta abarcar, por intermedio de sus fundamentos y de su aplicación pretende ubicarnos a todos los habitantes de nuestro suelo en nuestra respectiva posición, tanto a nivel social, es decir las finalidades, las aspiraciones y los temores de nuestra sociedad, o a decir de Carl Jung,  “ Del Inconsciente Colectivo”, o a decir de Hegel “Comunidad autoconciente” como también nuestro posicionamiento a nivel internacional, es decir nuestro rol en el contexto político mundial.

Introduciéndonos de lleno, existe como finalidad en sí misma que la penalidad, no sea un fin en sí mismo, sino que abogue por  regenerar conductas sociales, que otorguen la oportunidad de reinserción a los que infligieron la ley. La intención es dar cuenta de nuestro profundo espíritu como sociedad, que no castiga ni reprime, si no que pena con autoridad, pero a la vez educa y ofrece oportunidad. Cuando hablamos del espíritu social no situamos el concepto como una bonita frase literaria, debemos recordar a la cultura griega, y a sus cientos de magnánimos exponentes, como los expresados en el compendio de Werner Jaeger, intitulado la Paideia, “Lo que verdaderamente se trata de comprender, es el hecho de que las buenas leyes de por sí no son capaces de hacer mejores al estado ni a los ciudadanos. De otro modo sería muy fácil infundir con la letra de la ley el espíritu de un estado a todos los demás. Sin embargo, ya en Platón veíamos que se había abierto paso la conciencia de que las leyes como tales no sirven de nada si el espíritu, el ethos del estado no es bueno de por sí, pues el ethos individual de una sociedad es el que determina la educación de los ciudadanos, el que forma el carácter de cada uno a su imagen y semejanza”. Por tanto lo que observamos en este brillante pasaje e s básicamente de infundir a la ciudad, o polis para los griegos, de un buen ethos o espíritu y no de dotarla de un mayor número de leyes especiales para cada campo de la vida. Son incluso más explícitos e incluso sorprendentes los testimonios de los grandes hombres griegos cuando se refieren a la falta de justicia y lo que ello provoca.

 

“Movidos por la avaricia, los caudillos del pueblo se enriquecen injustamente; no ahorran los bienes del estado ni los del templo ni guardan los venerables fundamentos de la justicia, que contempla silenciosa el pasado y el presente todo y acaba infaliblemente por castigar. El castigo divino no consiste ya, en las malas cosechas o la peste, sino que se realiza de un modo inmanente por el desorden en el organismo social que origina toda violación de la justicia. En semejante estado, surgen disensiones de partido y guerras civiles, los hombres se reúnen en pandillas que sólo conocen la violencia y la injusticia, grandes bandadas de indigentes se ven obligados a abandonar su patria y a peregrinar servidumbre” (Jaeger, 1993, p.141)

 

Asombrosamente actual es la descripción de esta Grecia del Siglo VI A.C, que ha perdido la justicia social y padece los señalados sufrimientos. Claro que los griegos entendían a esta problemática como de índole política, pero inserta en la faz del comportamiento espiritual del pueblo, por tanto encontraban las soluciones dentro de la educación moral, dentro de los ideales y de los valores de la sociedad. Como anteriormente se hizo referencia no generaban una burda e ineficaz acumulación de leyes, simplemente buscaban el punto neurálgico dentro del comportamiento humano del pueblo. No es casualidad que las palabras transcriptas de los pensadores griegos, resuenen hoy como muy cercanas, hasta casi proféticas, pese al paso de más de 2.500 años, las situaciones gráficas son casi similares de lo que padecía aquel lejano pueblo, pero a la vez cercano, con el nuestro hoy en día.

Tampoco es casualidad que casi nadie, en nuestra actualidad se dedique a bucear seriamente en la historia de las grandes culturas como para encontrar similitudes que puedan darnos idea de alguna solución social de fondo. Por tanto es de suma necesidad, seguir hablando y tratar de reconocer la esencia espiritual de nuestro pueblo para intentar de forma simbólica al menos dar con alguna referencia que nos ofrezca tanto libertad como límites.

Encontramos, en la gran y nutritiva historia, de nuestro pensamiento contemporáneo el pensamiento del Francés Michael Foucault, definido según las corrientes de pensamiento como un “post-estructuralista”. Este verdadero arqueólogo del saber, reconocido como un verdadero erudito y teórico en el campo filosófico, desarrolló una prolífica carrera literaria, innumerables textos de su autoría son considerados lugares obligados, tanto para estudiantes como para profesionales ligados al ámbito intelectual. En una de sus obras, más concienzudas, más trabajadas y polémicas a la vez, intitulada “ Historia de la Locura”, dividida en tres grandes tomos, Foucault se encarga de realizar una verdadera arqueología, desde el punto de vista del Poder, entendido este como la puja entre los sectores dominantes y dominados, y su relación con las denominadas estructuras de Control.

El carril de la investigación es la condición de la locura, es decir, independientemente de las definiciones psicológicas pertinentes, el estado de anormalidad de un sujeto desde el punto de vista de las estructuras sociales, o a decir de Foucault, de las estructuras de Poder.

La locura, se basa entonces, en una propuesta estructural de que los hombres están sometidos a las estructuras y no a la inversa, y que el paso de la historia de la locura se ve delimitado por un marco propio de éstas, que establecen modelos propios de relaciones que son diferentes manifestaciones de un mismo sistema estructural. Foucault inicia de esta manera un recorrido cronológico, a lo largo de la historia de humanidad, llevando como centro de la investigación a la locura. Expone que al final de la Edad Media la lepra desaparece del mundo occidental y la margen de la comunidad y en las puertas de la ciudad quedaban leprosarios vacíos, por tanto la encarnación del mal, o de lo anormal, pasa de la lepra a la locura. Esto llevaría a pensar primariamente que toda conducta marginal, frente a la comunidad significa un acto de locura. Este análisis aparece para Foucault como una necesidad Europea de autodefensa, ante el miedo indirecto a contagiarse de lo oriental o de lo africano, que son sinónimos de enfermedades y locuras poco civilizadas o si se prefiere de culturas marginales. Claro que esta marginalidad, es tal, por contrastar con la sociedad occidental. Olvidando así al leproso, dice Foucault, sigue la estructura que permanece aguardando quien la llene, y serán entonces los pobres, los vagabundos, los muchachos del correccional y las cabezas alienadas quienes pasarán automáticamente al sistema de exclusión. El autor francés, continúa con un maravilloso análisis acerca de la definición de la locura, es decir tanto a nivel psicológico cómo post-estructuralista, pero a razón de la argumentación y al tema que nos ocupa, vale decir que lo que Foucault va perfilando, con su sello propio, es la disputa misma entre aquellos que por diferentes circunstancias, sean locos, o jóvenes, o simplemente se constituyan en un “otro”, perfeccionando ese concepto antropológico o mejor expresado, dotándolo, la occidentalidad, con una carga negativa, represiva, restrictiva, sujeta a eliminar, al distinto, al diferente, al peligroso.

Es decir el planteamiento de Foucault, consiste básicamente, apoyado además en otra serie de textos como; Vigilar y Castigar, Las Palabras y las Cosas, Historia de la Sexualidad, La verdad y las leyes en las formas jurídicas, en el estudio de la actuación de las normas tanto morales, sociales, jurídicas de los sectores dominantes, o los sectores rectores y reinantes en el poder, o sea los sectores dirigentes e institucionales y de cómo, en el que caso que lo hagan, transforman a sus elementos sociales, que transitan por fuera de la ley.

Consideramos haber establecido en forma meridiana, de qué manera, occidente, plantea una escenografía mundial, en donde en uso de sus codificaciones, o categorías, académicas (como clara fuente tutelar) construyo la imagen mítica de las puertas (de la cual nos hemos valido para el título y punto de partida del presente) de ingreso a una humanidad, en donde no sucede todo aquello, que sí sucede, en los campos, terrenos, sabanas o latifundios, que no se arrodillan, o someten, sin claudicaciones a los requisitos planteados, como condición “sin ecua non” para que sean parte de su generalidad, de su universalidad, de su condición de humanidad.

Estas situaciones, estos sucesos, estas inseguridades, que observamos en dosis homeopáticas por medios internacionales de comunicación (no vaya a ser cosa que se piense que a nadie le importa todo un continente…) no son más que lecciones ejemplificadores de un occidente que necesita de su contrapartida, de su pensamiento bifronte o binario o bipolar. Esas cláusulas tan occidentales, de lo bueno o lo malo, de lo negro o lo blanco, son los patrones categoriales con los cuáles manejan el mundo mediático y de la información. El procedimiento, claro está, es mucho más complejo, incluso sus resultantes. La violencia, como la utilizada en los tiempos de conquista, como para “injertar” los procesos viciados, que llaman “democratización” o los dioses implantados, que nada tienen que ver con la música y la danza como expresión fidedigna de divinidad, no pueden más que acarrear disputas, guerras, violencia y la exacerbación de las diferencias que se planteas desde la confrontación con el otro. Como si fuese un accionar en serie, no son pocas las investigaciones de diferentes espacios no viciados de esa finalidad occidental, quiénes denuncian ante el mundo, que el mismo terreno de estas experiencias político-sociales, son vastos terrenos para la experimentación médica o sanitaria, con los únicos fines de pingues ganancias de grandes laboratorios establecidos allende las fronteras de las puertas de la humanidad.

Esto mismo sino explica las grandes crisis humanitarias con diferentes y diversas enfermedades, al menos puede ser un interesante punto de partida para un estudio más pormenorizado y bajo clausulas científicas (es decir sus propias codificaciones, sus propias caracterizaciones que dicen aventar los temores, las incertidumbres, los espasmos de la humanidad, terminan generando mayores problemas, o lo que es peor, en nombre de esas soluciones, se producen un sinfín de situaciones violentas, que encuentran su justificación argumental y mediática).

Podemos encontrar en el sociólogo y filósofo Polaco, Z. Bauman extensos y reconocidos trabajos (Verbigracia: “Archipiélago de excepciones”, “La modernidad y sus parias”) de como el circuito de la imposición ficta de seguridad occidentalizada, termina en eso espacios de excepción, donde no existe patria, soberanía ni alimentos, es decir en donde los humanos residuales, son enajenados del espacio y del tiempo, que son los refugiados, bajo supuestas clausulas internacionales de protección, que lo único que hacen es desguarecer al humano de su humanidad, en nombre de una protección o seguridad inexistentes.

Claro que no ha sido, nuestra finalidad, el determinar bajo categorías políticas de espacios públicos o privados, o de ideologías de izquierdas o derechas, tan trilladas y a mano, en las plumas de los autores actuales de la ciencia o la filosofía política. Consideramos que entrar en tal ámbito o terreno, sería defraudar nuestra única intención, que es la de apuntar, señalar, contribuir con el pensamiento, que pugna por su libertad, de que en las sabanas, en los vastos terrenos, en donde el occidente aún conquistador, pretende establecer sus codificaciones, sus terrenos alambrados, sus circuitos cerrados, lo mejor que podría ocurrirle tanto a sus habitantes, como a la mayoría del globo, es que en ese supuesto desierto de certezas, en esos extensos vacíos de significantes, en esos ámbitos tan naturales e inhóspitos para nuestras mentes enajenadas por la occidentalidad, que como Frankenstein se ha vuelto contra su propio creador, el suceso del fenómeno humano, se da y sí no lo obstaculizamos, ni lo entorpecemos, se dará de una manera mucho más auténtica, más fidedigna del misterio de lo que somos, en los que probablemente, se nos haga mucho más fácil, más bello y placentero, el poder ser; cantando, danzando u observando la naturaleza en su estado puro, sin que la consideremos un terreno hostil, o un producto a conquistar, sino que simplemente nos podamos sentir parte de la misma, un suceso, un sucedáneo, en donde las funciones básicas de nuestra humanidad confluyan y coexistan en armonía, pudiendo develarnos en todo nuestro potencial, sin que por ello le temamos a nuestros misterios, a nuestras limitaciones, a nuestros otros, a nuestro entorno, desde donde hemos venido y en donde concluiremos, indefectiblemente.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Por Francisco Tomás González Cabañas

franciscotgc@hotmail.com

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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