El estado ha muerto.

El cadáver de la  entelequia que surgió como tercero, no en discordia, sino para la concordia, ante la posibilidad de conflictos entre seres humanos, comienza a desprender un aroma putrefacto, fétido y hediondo. Ya es indisimulable el difunto, por más que no queramos o no lo podamos creer, el occiso convive como tal entre nosotros. Ante la inminencia del inicio del proceso de duelo, las diferentes acciones que se reproducen hasta el hartazgo, en distintos sitios de occidente  por los medios de comunicación, son las muestras cabales de un llanto a mares, de la indolencia sentimental ante el despojo del que somos víctimas cuando la muerte, como presencia ineluctable, se nos apersona, imprevista e irrefrenablemente. Agravado en el presente caso, por las ceremonias velatorias o de despido, para el posterior entierro o sepultura, del cuerpo social, del organismo colectivo, pero hasta un determinado momento, vivo y aprehensible, que nos decía: qué, cómo, dónde y cuándo, en todos y cada uno de los pactos, implícitos o explícitos que los ciudadanos celebrábamos para no discernir nuestras diferencias a martillazos.

Sí hablamos en tales términos, es porque vamos a reescribir parte de un texto que se dio a conocer como De la Gaya Ciencia, autoría de Friedrich Nietzsche, del que sólo hemos suplantado las palabras Dios y religiosidad, por estado y política. No creemos que se trate de una cuestión meramente semántica. Antes de la reescritura, queremos hacer la salvedad, para el lector más distraído, que no estamos hablando de querer matar al estado, lo que decimos es que ya está muerto, por tanto sería inútil querer vérselas con un cadáver (de aquí se podría entender el porqué de los fracasos fácticos de quiénes proponen disolver el estado).

¿No habéis oído hablar de ese loco que encendió un farol en pleno día y corrió a la sede del gobierno gritando sin cesar: “¡Busco al Estado!, ¡Busco a Estado!”.. ¿Es que se te ha perdido?, decía uno. ¿Se ha perdido como un niño pequeño?, decía otro. ¿O se ha escondido?..  ¿Tiene miedo de nosotros? ¿Se habrá embarcado? ¿Habrá emigrado? – así gritaban y reían alborozadamente varios. El loco saltó en medio de ellos y los traspasó con su mirada. “¿Qué a dónde se ha ido el Estado? -exclamó-, os lo voy a decir. Lo hemos matado: ¡vosotros y yo! Todos somos su asesino. Pero ¿cómo hemos podido hacerlo? ¿Cómo hemos podido bebernos el mar? ¿Quién nos prestó la esponja para borrar el horizonte? ¿Qué hicimos cuando desencadenamos la tierra de su sol? ¿Hacia dónde caminará ahora? ¿Hacia dónde iremos nosotros? ¿Lejos de todos los soles? ¿No nos caemos continuamente? ¿Hacia delante, hacia atrás, hacia los lados, hacia todas partes? ¿Acaso hay todavía un arriba y un abajo? ¿No erramos como a través de una nada infinita? ¿No nos roza el soplo del espacio vació? ¿No hace más frío? ¿No viene de contiuno la noche y cada vez más noche? ¿No tenemos que encender faroles a mediodía? ¿No oímos todavía el ruido de los sepultureros que entierran a Estado? ¿No nos llega todavía ningún olor de la putrefacción estatal? ¡También los conceptos colectivos se pudren!, los contratos perecen o se dejan de cumplir ¡El estado ha muerto! ¡Y nosotros lo hemos matado! ¿Cómo podremos consolarnos, asesinos entre los asesinos? Lo más sagrado y poderoso que poseía hasta ahora el mundo político occidental se ha desangrado bajo nuestros cuchillos. ¿Quién nos lavará esa sangre? ¿Con qué agua podremos purificarnos? ¿Qué ritos expiatorios, qué juegos sagrados tendremos que inventar? ¿No es la grandeza de este acto demasiado grande para nosotros? ¿No tendremos que volvernos nosotros mismos estado para parecer dignos de ella? Nunca hubo un acto tan grande y quien nazca después de nosotros formará parte, por mor de ese acto, de una historia más elevada que todas las historias que hubo nunca hasta ahora” Aquí, el loco se calló y volvió a mirar a su auditorio: también ellos callaban y lo miraban perplejos. Finalmente, arrojó su farol al suelo, de tal modo que se rompió en pedazos y  se apagó. “Vengo demasiado pronto -dijo entonces-, todavía no ha llegado mi tiempo. Este enorme suceso todavía está en camino y no ha llegado hasta los oídos de los ciudadanos. El rayo y el trueno necesitan tiempo, la luz de los astros necesita tiempo, los actos necesitan tiempo, incluso después de realizados, a fin de ser vistos y oídos. Este acto está todavía más lejos de ellos que las más lejanas estrellas y, sin embargo son ellos los que lo han cometido.” Todavía se cuenta que el loco entró aquel mismo día en varias sedes de gobierno y parlamentos y entonó ante ellas varias de sus reclamaciones más sonoras. Una vez conducido al exterior e interpelado contestó siempre esta única frase: “¿Pues, qué son ahora ya estas instituciones, más que las tumbas y panteones del Estado?”. (Texto reescrito, básicamente se suplantaron las referencias de Dios y Religiosidad, por Estado y Política, De la Gaya Ciencia, 125. Friedrich Nietzsche).

En este desafío textual, de conversar, discutir o reescribir al autor citado, recordamos que el párrafo, lleva como título El Loco, y es a partir del mismo en donde se sintetiza el pensamiento del filósofo en la frase Dios ha muerto.

Creemos que la siguiente sería la respuesta, propuesta, de quiénes hoy, reaccionaran a nuestro loco recreado, que afirma que el Estado ha Muerto.

Al loco de la política lo tienes que escupir

Una de las tantas actividades que insospechadamente debe recolectar un mayor grado de incertidumbre en cuanto a sus resultados fácticos y comprobables, debe ser  la construcción política, desde un no lugar de poder, desde el llano o desde el camino propio. Sí a esta aventura rayana con lo psicótico, le agregamos escenográficamente un lugar con características conservadoras, como cualquier ciudad en occidente, habría que ir a buscar a quiénes desanden este camino para encerrarlos en un manicomio. Tomar esta prudente actitud cristiana, no sólo nos elevaría espiritualmente, sino que además serviría a la comunidad toda, a los efectos de privarnos de tener que cruzarnos con semejantes especimenes que podría afectar la moral, el pensamiento y el futuro de nuestros jóvenes. Así como no hace mucho tiempo atrás, se logró vencer a la lepra, y tal como se combate al delito, reprimiendo y encerrando al que esta por fuera de la ley, así como se domestica al niño, metiéndolo en un jardín para luego insertarlo en el sistema de control educativo, para que luego sea un engranaje en el sistema de consumo, enajenado en una fábrica o en una empresa, tendríamos que hacer con esta clase de sujetos, castigados por divina razón por dios nuestro señor, que envalentonados por la acción de Satanás intentan interceder en la política, en la sociedad, en nuestras costumbres.

Sólo impulsados por una locura demoníaca, realizan encuentros, labran documentos y envían a los medios el derrotero de sus acciones, hasta incluso piden ser tenidos en cuenta en los espacios comunicaciones sin oblar billete alguno. Raro que aún no hayan sido víctimas de sí mismos (sea mediante la acción directa o por intermedio del abuso de sustancias por ejemplo) o que aún deambulen tratando de generar el imposible de la construcción desde fuera,  de las reglas de juego impuestas, y pretendan cuestionar desde un lugar de supuesta legitimidad alegando razón o razones, menos como sea ha dicho en sociedades occidentales, que históricamente se nutren de sus capas geológicas de hombres nobiliarios, sin título habilitante pero con reconocimiento para ello, para que nos dirijan sean nuestros próceres, nuestros prohombres, en definitiva los hacedores de la política.

Pero forzando un poco el pensamiento está bien, que den vueltas, que cada tanto nos encontremos con su molesta presencia, a los efectos de que nuestras futuras generaciones sepan la triste vida que les puede esperar, si no nos obedecen, si no nos hacen caso, si no son como tienen que ser, tal como el plan de dios les tiene reservado su papel, regenteado por, nosotros, sus interpretes.

Sí usted ve a uno de estos imbéciles, escúpalos, no se prive, de ninguna manera, ni lo tome como algo ordinario. Manifiéstelo como una travesura, como una nueva forma de sacar el strees y la mala energía, en definitiva un acto inocente como darle de comer a un animal en el zoológico. Estos tontos se alimentan de nuestras sobras, de nuestra carroña, de lo que perdemos, ilusionándose que algún día podrán cambiar lo que nos ha sido dado y lo que mantenemos con orgullo prosaico. No piense en ningún instante que son unos vivos y que están actuando la situación como para no trabajar o no someterse a los dictados, no, están enfermos, la cabeza no les da como para vivir de otra manera que no sea la estúpida ilusión de pretender otra cosa, en vez de disfrutar lo que tienen, de conformarse, de gozar con lo que les toco.

No se apiade ni tenga resquemos en escupirlos, es lo que les hace el sistema, sabiamente, devolviéndole con indiferencia sus proyectos, propuestas, sus escritos, sus gacetillas, nuestros sabios dirigentes que por más que se dividan en las elecciones o en partidos, se unen para no dejarlos entrar, para burlarse entre todos de los loquitos, de los pelotudos, de los crotos, de estos enfermos que pretenden imposibles.

No piense que son pocos, son varios, por ello, alguien debía decir lo expresado, claro que nunca serán lo suficiente y por más que sean muchos, no tienen la capacidad de juntarse o de organizarse, sólo pueden servir como mal ejemplo, pero no se olvide de darle la escupida, así le marcamos de cerca cómo les trata y les seguirá tratando nuestro sistema, y nosotros sus actores principales debemos recordárselos con nuestra saliva a modo de alimento eucarístico.

No tema, no dude, no hesite, escupalos, ellos no tienen moral, no tienen dignidad, no tienen pasado, ni presente, ni futuro, en realidad no tienen ni existencia, tan sólo en este texto. Y hasta se atreven a decir y exclamar en ciertos medios, que nuestra casa, que es el estado, ha muerto. ¿Quién sí no un loco que merece ser escupido podría afirmar esto?.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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