La filosofía política o la rama filosófica estancada desde hace siglos en su debate y pensamiento.

El planteo discurre a partir de las divisiones clásicas o academicistas, acerca de las ramas de la filosofía y como la política en especial y a diferencia de las restantes, y por sobre todo y como contraste de la ontológica o metafísica, demuestra a lo largo de su historicismo, siempre occidental, su escaso desarrollo dialógico. Para ponerlo en términos sintéticos: Desde los Griegos (partiendo de Platón con su idea del estado gobernado por los filósofos y por sobre todo Aristóteles con sus definiciones de tipo de gobierno) estamos sometidos al pensar desde lo democrático. Luego desde la Patrística hasta el medievo la contribución ha sido el establecimiento del derecho divino, que insospechadamente se sigue sosteniendo no sólo como valor simbólico en la Europa vieja o clásica, en una suerte de maridaje, con el aún más, antediluviano, concepto democrático, proveniente de lo griego. Las contribuciones de la “Modernidad”, han sido tanto el Contratismo como finalmente el Marxismo. No creo estar abusando de economía del lenguaje o de la argumentación, este es el punto teorético del artículo, pero la filosofía política, presumo, se resume en lo arriba mencionado y no mucho más. Esto explica, o explicaría, por qué estamos como estamos, o seguimos estando sin estar, en términos políticos.

Claro que existen islas de excepción, que confirman el continente de lo planteado, que además no dejan de ser desprendimientos de los desarrollos nodales, experiencias, como mucha de las totalitarias, que enmascaradas en formas, democráticas, justificaron su acceso al poder, sin que por definición pretendiesen o intentasen siquiera, sostener el horror aplicado de que la ultima ratio es la violencia.

Menos aún las ramas, del árbol de las consideraciones tanto democráticas, como comunistas, que se remozan, o multiplican en rizomas de postulados modernos, que siempre terminan abrevando en aquellas.

Se deja en claro que la pretensión no es hacer ni discutir ciencia, a partir de la premisa de que la filosofía política, de un tiempo a esta parte, no viene discutiendo, nada o casi nada, que establezca consideraciones radicales que propongan un estado de cosas, (discutir la misma noción de estado dentro de ellas) que difiera, al menos, discursivamente, de una inercia en la que se podría decir que estamos sometidos, desde los primeros libros de consideraciones políticas tal como la conocemos. A diferencia, de lo que ocurre, por ejemplo, con otro campo, extenso de lo filósofico, como el ontológico, en donde las perspectivas, no sólo que han sido y son, de diversidades insondables, sino que además interpelan, a la confrontación de la experiencia metafísica, del cabo a rabo del fenómeno humano. Se entiende que podrán alegar, que esta consideración pueda ser catalogada de logomaquia o pecaminosa por insustancialidad académica, sin embargo, el registro de los hechos de nuestras democracias occidentales actuales nos impelen a pensar, utilizando la filosofía política para ello, por más que como se considera, esto mismo sea un oximorón.

Que en ninguna de nuestras tensiones institucionales, se plantee, tanto en el mundo académico o intelectual, la razón de ser de lo democrático, es la acabada muestra de porque la filosofía política ha dejado de pensar, o de pensarse, o tal vez nunca tuvo tal cometido.

Sin que sea una cuestión gnoseológica, probablemente la filosofía política, sea el escudo protector, para sostener, argumentalmente, un estado de cosas, que bajo la petición de principios de la institucionalidad, nos remite obligadamente a posiciones dogmáticas, que las traza o sitúa como indiscutibles. O en el caso de que permita su discusión, las condiciona, o direcciona, imponiéndonos los términos de la misma, o incluso las refutaciones que debemos usar como para confrontarla.

Es casi imposible no caer en la trampa. En lo particular, he pasado años y lo sigo haciendo, discutiendo bajo las acepciones y los manuales que nos indican, cómo tenemos que pensar las cuestiones del estado, su entidad, razón de ser y organización. Pensar más allá de lo democrático, no sólo que es un límite insoslayable, sino que como si fuese poco, a tal punto, avanzaron sobre nuestra libertad, que también nos trazaron un límite de bajo que conceptos o consideraciones discutirlo. El otro gran límite, que nos cerca, son las consideraciones catalogadas como neomarxistas, desde las cuales es imposible, filosofar políticamente, de acuerdo a los condicionamientos que emanan desde las academias, los medios de comunicación, la clase o casta política o en definitiva del mismísimo poder.

Podría ufanarme, de largos, extensos y sobradamente citados, escritos o compendios que tratan acerca de la legitimidad parcial versus la legitimidad absoluta, la primera que es la válida y la única razonablemente cierta que puede otorgar el ciudadano a sus mandantes y la segunda, la que cree tener el representado cuando absorbe la cesión de la ciudadanía, para luego cometer los latrocinios por todos conocidos, que supuestamente, controla o controlaría, estos excesos, otro poder de un estado constituido que sería el poder judicial, cuyos miembros no son elegidos, paradigmáticamente por el voto de la gente. Esta razón de la legitimidad parcial, podría encontrarse observada explícitamente, en que el ciudadano al delegar su representatividad, lo haga no sólo por el término de una elección a otra, sino también bajo ejes conceptuales, que vayan mas allá de lo temporal. Un ejemplo concreto sería que los representantes, no puedan, es decir tengan su legitimidad parcial o vetada, para introducir reformas constitucionales o electorales. Los mismos que conducen el juego, no deberían, asimismo estar posibilitados para cambiar esas reglas a su antojo o discrecionalidad. Toda reforma debe ser ad referéndum, bajo consulta obligada a la ciudadanía, de lo contrario se irrumpiría la parcialidad natural que nos insta como seres humanos. Todo lo absoluto, así se trate de una falsa idea de libertad, conduce inevitablemente a lo totalitario.

Podría señalar asimismo, la formulación del cambio del sujeto histórico de lo democrático, que considero que debe ser necesariamente desde la óptica de la opción por el pobre. Mi último libro sistémico, de ensayo de filosofía política, trata o propone esto mismo. La compensación por parte del estado incumplidor del contrato social, leonino por otra parte, hacia los marginales o indigentes. Que el voto de estos, valga en las elecciones, más del que vale el voto de los ciudadanos, en el que el estado a estado indefectiblemente presente.

Como podrán advertir en este caso puntual y quién propone pensar bajo otros términos, tampoco pude evitar la trampa de pensar más allá de los términos, acepciones y consideraciones que la filosofía política nos impone e insta, o como algunos creemos, el poder, en su faceta y rostro más omnímodo.

Prefiero terminar la redacción en este punto. No creo que tengamos las herramientas suficientes como para pensar más allá de las consideraciones democráticas clásicas. Creo suficiente, con el simple hecho de haberlo verbalizo. Lo que vendrá después como siempre, será incierto y allí nos la tendremos que ver, desgarrados de tutelas o de velos y posiblemente nos correspondamos más con nuestra autentica razón de ser humanos y por ende, pensantes.

 

 

 

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