La necesidad democrática consiste en que gane Donald Trump.

El principio por antonomasia de las economías, se basa en la confianza. La traducibilidad de que un papel pintado, la moneda, represente lo mismo, en términos de intercambio, se regula por lógica matemática (lo numérico y su interrelación entre costo y beneficio o suma y resta) pero, de acuerdo a los propios economistas, no es más ni menos que una cuestión de confianza. En verdad, podríamos discutir el grado de cientificidad de lo económico, pero lo único cierto, es que tiene mucho mejor prensa que la filosofía, habiendo hecho mucho más daño, a tantos, durante tiempo sempiterno. Sí el mercado debe regularse libremente por las fuerzas que la componen, sin ninguna duda, que el negocio, en grado sumo, es sin dudas el traslado de sustancias, que se consideran ilegales, de un país a otro. Pero nuestra condición contradictoria nos azota a cada rato, en cada tramo. Quiénes ideológicamente, están, supuestamente, más en contra de las políticas que podría llevar adelante, Donald Trump, en caso de que arribe a la presidente del país del Norte, son los que más deberían trabajar para que este sea Presidente (es la oportunidad más cercana para que el sistema implosione por su propio peso, se ahogue en sus hiperbolizadas contradicciones) sin embargo, esto no ocurrirá, por la condición romántica de quiénes se dicen de izquierdas, con un cigarro de marihuana en la diestra, escuchando Bob Marley, y como mayor acto de rebeldía, quejándose porque la red social les borro el video donde se los veía fumando de la buena. Se terminaron los tiempos, en donde, por ejemplo se secuestraba al presidente de la FIAT Luchino Revelli-Beaumont, so pretexto de cuestiones políticas (de hecho los autores, en su mayoría Argentinos, fueron detenidos en Marbella, pero durante años no se los extraditó a Francia por estas argucias politiqueras) más allá del dinero y de quién lo haya pagado (la empresa automovilística negoció directamente sin dar cuenta a la policía y generó un gran polémica en aquel entonces) lo cierto, es que en la actualidad, puede cambiar el balneario y el acto ilícito, pero en verdad, las mafias, en este caso la Irlandesa, deja muertos en Mallorca, sólo por la obscenidad propia del dinero o de cómo obtenerlo más rápidamente, es decir en los hiatos, que permite el actual y tramposo sistema instalado.

 

 

La droga, otrora excentricidad de poetas líricos, bohemios apenados y literatos agobiados, consiguió trasvasar las barreras clasistas de la intelectualidad para sedimentarse en el amplio campo popular de la juventud.

 

Los reconocidos escritores, por destacar dos ejemplos arbitrarios, como todos los ejemplos, Jean Paul Sartre y Aldous Huxley, encontraron en diversas sustancias adictivas, un camino para evadirse de tantas preocupaciones terrenales, misterios existenciales, y dolores personales, forjando por medio de estos sinuosos y abismales senderos, sendas obras literarias de cuantioso valor humanístico.

 

Estos memorables hombres de letras, redimían su condición de sujeto, y oprimidos por la incesante manifestación del pensar, encontraban en las drogas, el mecanismo evasivo que les permitiera segundos de tranquilidad, a expensas del deterioro físico y mental, que las sustancias les propinarían en un mediano plazo.

 

Es difícil encontrar jóvenes en la actualidad que no hayan tenido experiencias con drogas, en el mayor de los casos se declaran consumidores oportunos, generando está marcada aceptación, circuitos nocturnos, en verdad sociales, que se deslizan al compás de la sustancia escogida.

Los intelectuales que utilizaban narcóticos se desafiaban a sí mismos, sabían muy dentro suyo que se enfrentaban a una actividad muy peligrosa, no tanto por los daños irreparables, más bien porque a cambio de dádivas ( la placentera sensación de bienestar) claudicaban ante el siniestro dictador, que sin moral alguna, podía exigir a cambio hasta la propia vida de sus vasallos.

 

Lamentablemente, los fríos números estadísticos indican que no tenemos la capacidad cómo seres occidentales, de construir una sociedad equitativa, por tanto lo más probable es que la juventud, se encuentre expuesta a las tentadoras y peligrosas propuestas provenientes de un dictador siniestro.

 

Lo más terrible es que las voces altisonantes de los diferentes sectores de la sociedad se expresan ante lo evidente (la corrupción) pero no ante lo importante. Una generación requiere de herramientas, intelectuales y espirituales, para saber decidir ante las propuestas vertidas por un colosal e impune mandamás.

 

Sería muy positivo que las formas para tratar el tema de las drogas se discuta con mayor seriedad y asiduidad, de tal manera lograríamos encontrar un punto en común y sensato para escoger los mejores elementos y entregarlos a nuestros jóvenes, de tal modo que no se encuentren tan expuestos e indefensos, ante el magnánimo poder de un dictador, que se mueve a sus anchas en medio de la indiferencia.

 

Sea cual fuere el camino, (mayor penalización, despenalización del consumo) la única opción que aumentaría el número de adictos (y con ello sus variadas consecuencias) es continuar con esta política cobarde de mirar al costado cuando se habla de drogas.

 

Sin ingresar a ninguna polémica de tinte histórica pero suscribiendo el pensar histórico, tal como lo señala, entre tantos Teresa Oñate en su texto “El retorno griego de lo divino en la postmodernidad” : Cómo es sabido, Benjamin pone de manifiesto, por piedad y justicia para con los muertos y los vencidos por la historia que avanza matando (a enemigos, a pobres, a débiles, a diferentes, a improductivos o inservibles) que la violencia del modelo es de una crueldad irracional…El sujeto de la revolución no se traza por demarcación sociológica, no se trata de la clase proletaria estructuralmente protoburguesa, sino de los radicalmente insatisfechos con el presente, que necesitan saber, aprender de los vencidos, y abren la grieta por la que los pasados arrasados pueden asaltar la inesencialidad contínua de la historia (Página 112, Editorial Alderabán).

Tras la conquista europea, nuestro continente debió amoldarse a un sistema económico, político y social, que hasta ese momento le era ajeno y extraño. Lo que luego tomaría el nombre de Virreinato de la Plata y posteriormente Argentina, se conformaba en base a la ilícita actividad del contrabando. Resultaba que el puerto escogido por los conquistadores no era precisamente el de Buenos Aires, por tanto el porvenir económico se mostraba exiguo.

 

 

Los primeros pobladores de la actual gran metrópoli, se aferraron a una norma que decía que en caso de que las embarcaciones corrieran riesgo de ser asaltadas, hundidas o averiadas en alta mar, debían dejar su carga en el puerto más cercano. Surgieron entonces las permanentes arremetidas contra los navíos, surgieron las continuas ventas de las mercaderías en el puerto, que se convertía en un gran mercado negro, surgieron los criollos que ya venían con un pan bajo el brazo. Surgía nuestra República, de la ilícita actividad del contrabando.

 

Tampoco uno puede aguardar los sempiternos tiempos de una justicia siempre sospechada, para concluir lógica y razonablemente, que existe una relación entre el poder político y el narcotráfico. Uno proviene desde lo institucional, desde lo republicano y se ejerce por intermedio de hombres representativos que asumen funciones públicas, el otro poder proviene de hecho, no del derecho, de la realidad más cruel y contundente del ser humano, de su capacidad autodestructiva y de su ambición desmedida, de la debilidad de algunos por evadirse de la realidad y de la voracidad de otros, que en el afán de desarrollarse no dudan en enriquecerse a costa de la autodestrucción de sus congéneres. La droga, entre tantas cosas, es un gran negocio. No se debe inscribir una empresa para trabajar con ella, no se pagan impuestos y siempre hay demanda de producto. Como si fuera poco, se generan actividades tanto o más redituables a partir de los narcóticos. Dada la enorme cantidad de dinero que se produce, se debe hacer ingresar al circuito financiero los billetes de la droga, de forma tal que parezca que provienen de una actividad lícita. Esta operación es la que se conoce con el nombre de lavado.

 

El aumento de consumo, de tráfico y de dinero proveniente de las drogas, según los organismos internacionales especializados y según quién desee caminar por algún lugar público es una realidad que va en aumento en todas las regiones de nuestro occidente.

 

Debemos ser conscientes que habitamos una comunidad narcotizada por la más adictiva de las sustancias. El dinero fácil y espontáneo que sale de pasar una sustancia de una geografía a otra (o esto de comprar barato y vender caro ¿no es acaso lo sustancial del sistema actual?) donde la institucionalidad, mediante sus dirigentes o representantes, precisa para su subsistencia, de dinero fresco, constante y sonante, independientemente de donde provenga, para que los índices de votantes sean medianamente aceptables, para que las diferencias políticas puedan ser subsanadas mediante una caja económica que no tenga existencia en los papeles de estado, en definitiva para torcer voluntades de toda clase y precio, a los excelsos fines, claro está, de que ningún conflicto se desmadre y por ello se pierda la gobernabilidad y posteriormente la institucionalidad. A tal punto llega la relación entre el poder político y el poder del narcotráfico, que ya comparten términos y clasificaciones semánticas. Al otrora dirigente afincado en un barrio populoso, con cierta capacidad de liderazgo, se lo denominaba puntero. La misma denominación se utiliza para quién en ese mismo barrio populoso o en otro, es el distribuidor de la droga.

México y Argentina, en sus más altos niveles políticos, están ya implicados judicialmente por esta vinculación.

 

Dada la imposibilidad de acceder a una función de estado sin tener los medios, dinero y en abundancia, para pagar fiscales el día del comicio, afiches, panfletos, espacios en radio y en televisión, durante la campaña, y para aceitar al grupo de acompañantes que organiza los actos con comida y bebida, para que los votantes escuchen al candidato y todo lo que implica la parafernalia electoral, entonces surge, en forma espontánea la connivencia con el poder del narcotráfico o del dinero de la droga. El empresario capaz de solventar tamaño gasto, debe tener ciertas certezas, las más exigidas por los capitalistas; o continuar con los negocios que le generan riqueza o ingresar en calidad de monopolio en el mercado. Sí por esas casualidades, el candidato, ya en funciones de estado, cree en el sexo de los ángeles, entonces aparecerá el financista, ya con rostro circunspecto, recordando el dinero que puso para que no le escupan el asado. Sí el negocio está vinculado con la droga es más una cuestión de casualidad que de rama empresarial. Tampoco tendrá fuerza el gobernante, sí de buenas a primeras intenta desconocer el turbio acuerdo. Sus propios funcionarios de segunda línea y los mismos ciudadanos bailarán al ritmo del dinero narcotizante. El cabo de la policía, que sabe que la camioneta importada del comisario es producto de la droga, no arriesgará la vida enfrentándose con alguien que inflija la ley de drogas. Lo más probable es que en su escala y medida, participe del negocio.

 

¿Qué mundo le puede ofrecer a un consumidor un estado que esté  ausente que no garantice ni salud, ni educación ni trabajo?. Le ofrece lo que tiene o lo que puede. Una elección de tanto en tanto, donde además de elegir figuritas, se reparte comida, materiales de construcción y obviamente drogas.

 

Claro que el vacío al que condenaría el estado ausente, es aprovechado por cantantes, músicos o estrellitas mediáticas, futbolistas, quiénes observan un fabuloso mercado de jóvenes, sin rumbo ni destino, que se evaden de tanto dolor, utilizando drogas y por tanto ofrecen, estas bandas o grupos musicales letras que rinden loas a las drogas, o en el peor de los casos, directamente incitan al consumo. En nombre de la libertad, esos mismos carilindos que se creen inocentes por no participar en política o que se creen corajudos por decir lo que piensan sin pruritos, terminan siendo los propagadores oficiales de una sustancia que en la mayoría de los casos, termina con sus propias vidas y con las del público.

 

Ya no matan, como a García Lorca, ni secuestran como a Luchino, nos están narcotizando con el sedante democrático que nos hace creer que elegimos a seres dignos de libertad y con facultad de pensamiento, allí está Donald Trump, el emperador en ciernes, que podría llevar a cabo el sueño dorado de terminar con la expansión ad infinitum de esta ilusión de ciudadanía occidental, que es nuestra peor pesadilla, pero de la que no osamos querer despertar.

 

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