El magnicidio que falta, el magnicidio al que vamos.

Así como “La insurrección que viene” el ensayo rebeldemente aceptado, tras la orgía intelectual de “Tiqqun” firmado por un comité invisible, que plagió, con singularidad de la oposición conceptual, a otro gran timo editorial, travestido de libro de culto o de concepto, como “el fin de la historia”, pregonó, nueva y falsamente, el fin tan deseado, como anunciado, del capitalismo; se acude al beneficio de inventario y sin realizar por ello, ningún tipo de apología delictiva o delictual, creemos, consideramos, que la única forma, manera, o medio, mediante el cual, aquellos que muestran sus deseos, como para tener un mundo en donde quepan todos los mundos, o por denominarlo bajo otros vocablos, que señalan, mediante textos, ensayos o documentos, una sensibilidad para con los otros y especialmente los más perjudicados por el actual sistema social, político y económico, que se da en llamar capitalismo, es precisamente el terminar, el dar por acabado, a ese colectivo, de los pobres o marginales, para contar de una buena vez con un mundo más posible, asequible y entendible bajo nuestros parámetros occidentales que esconden nuestras perspectivas imperiales como desnudan nuestras intenciones más sensibles e inclusivas.

¿Acaso no es más cruel, más inhumano y perverso, decirles, sistemáticamente, a millones de seres humanos, que lidian por sobrevivir, en el estercolero del hambre, la miseria, la violencia y todo tipo de tropelías de las que son víctimas, que este mismo sistema que los necesita en tal situación, para que otros podamos, entre otras cosas, escribir y leer sandeces como las presentes, podría reivindicarlos, y situarlos en otra perspectiva, sí es que un conjunto, mínimo e ínfimo de iluminados, aplica, monástica y dogmáticamente, una suerte de considerandos, acendrados básicamente en que la última de las razones, es ni más ni menos que la violencia y que hasta que esto no se produzca en algún lugar y luego se replique, no podrán contar con un sistema o una forma de vida que tenga que ver algo con más con la humanidad a la que dicen pertenecer?.

Claro que esto mismo, siquiera se lo preguntan, se lo cuestionan, los beneficiados por situarse, dialécticamente enfrente del sistema, los rebeldes que salen de la academia, o de familias con todas las necesidades satisfechas y todas las drogas probadas, los exóticos escritores que tal vez, producto de alguna falencia en su autoestima, buscan desesperadamente la aprobación y el reconocimiento de los otros, y por ende, son conducidos por esa irrefrenable necesidad de reparación interna, a garabatear conceptos en donde, este imposible de las revoluciones, de las marchas, de las clases sociales, están a la orden del día y no dejan de ser, caldo de cultivo, para éxitos editoriales o películas de grandes productoras, que no hacen más que alimentar o retroalimentar el sistema del que dicen abjurar.

A razón de verdad, a nadie le importa, realmente, existencialmente, lo que le sucede al pobre de Eritrea, de Níger o del barrio más carenciado de nuestra ciudad. Aquello que hacemos, sí es que lo hacemos, de angustiarnos, de rezar, de persignarnos, de hacer colectas o donaciones o incluso asistirlos ante alguna catástrofe más significativa aún que su día a día, es meramente un mecanismo de defensa, una reacción orgánica, un estertor que ponemos en práctica, a modo de culpa, o de resignificación para que nosotros no caigamos nunca en tal situación, es más, hasta para mostrarnos, como diferentes ante ellos, como superiores en nuestra bondad y comprensión.

Esta misma actitud es la que sobradamente nos brindan, cuál show-business académico, de tanto en tanto, ciertos autores, que, sórdida y viralmente, se transforman en éxitos, sea por la ventana o por la puerta principal, de ese sistema al que dicen criticar, planteándonos tácticas nuevas para estrategias viejas. Esos razonamientos copiados, esos imposibles de fe, en donde una clase oprimida debería dejar de serlo, mediante la iluminación que les llevarían unos iluminados, para que sean, inexplicablemente, más lúcidamente justos, cuando les toque, por ese orden subvertido, mandar.

La única alteración posible, en nuestra condición de seres humanos, es la que, calcada de lo clínico, alguna vez, ciertos vanguardistas más temprano que tarde, propondrán.  Lo peor de todo, que lo siniestro de la propuesta, no podrá ser fácilmente objetada o rebatida. En cierto tiempo, extirpar el tejido social, el colectivo de pobres y marginales, será una posibilidad concreta, en vistas a que sufrirán menos que la perversidad de ser engañados con que alguna vez su suerte cambiará, cuando nadie, de los que no son ellos, desea, verdaderamente, que tal suerte cambie. Es decir, les ofrecerán, por caridad humanitaria, y canjeándoles el futuro de que algunos de sus descendientes, pueda vivir con dignidad, que salten desde el acantilado de la expectativa de esta tierra y se dejen abrazar por lo cierto y contundente del fin de la agonía, del exterminio de la incertidumbre, que a los único que beneficia es a lo que no son ellos, es decir, a quiénes nos aprovechamos de tal circunstancia en la que están y en la que falsamente les decimos que dejarán de estar.

Pueden tomar nota los revolucionarios de pacotilla, los agentes más eficaces del actual sistema, esos que pregonan un fin, del que cada vez estamos más lejanos, bajos esos postulados, tan trillados, tan enrevesados, tan impracticables como inacabados, nosotros, los que no estamos ni de un lado, ni de otro, nos tendríamos que plantear, acaso que es más humano, sí continuar haciéndonos los desentendidos ante la flagrancia de la mentira perniciosa y perversa, que le hacen a los pobres con que alguna vez se les permitirá salir de tal condición, o sí sería acaso, más humano, que, como en toda las culturas antológicas, puedan realizar un acto sacrificial, para que todos podamos vivir mejor, es prudente y atinado que no queramos preguntarnos esto, pero alguien lo hará y cuando esto ocurra, ahí recién podremos tener la posibilidad de que algo de todo esto, pueda cambiar, claro que nunca sabremos, porque no son términos absolutos, sí para bien o para mal, menos para quién.

 

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