Una sociedad que no tolera ni acepta al que no se somete a sus parámetros ni a su disciplina.

Tener la irrefrenable necesidad existencial de escaparle a las estructuras, debe ser una de las peores condenas espirituales esparcidas en los nodos vasculares de la humanidad. Sentir la disciplina de un orden escolar, laboral, o de las reglas de juego, dictadas o sostenidas por supuestas mayorías, sean estas en el ámbito de lo religioso, de lo ocioso, de lo cultural, de lo recreativo, o de lo que rayos fuere, como si se tratase de un taladro, que nos perfora, que nos veja, que nos sodomiza en cualquiera de nuestras sensibles partes, debe constituirse sin duda alguna en una de las más grandes calamidades que nos pueda haber tocado, en lo que sin ambages se convertirá en un espantoso calvario que concluirá cuando se extinga la finitud a la que estamos sometidos.

Pero el esfuerzo, uno más, debería estar también en rehuir del espacio de victimización. Sin por ello transformarnos en victimarios. A todos los que se sienten en plenitud con su condición humana, siendo partes de colectivos, de cualquier naturaleza e índole, nuestra más y profunda admiración, como veneración.

El no poder compartir esta perspectiva de vida, lejos de ser  una posición que deba ser promovida, imitada o militada, debe ser expuesta y visibilizada, como la apertura que alcanzó en siglos de desventura, la humanidad, como para tolerar la estupidez, o en todo caso la compasión ante los enfermos terminales afectados por este mal.

Arrojarse, o volver a hacerlo, o regresar en todo caso, al vacío desesperado, al desmadre de nuestra irracionalidad o nuestra racionalidad parcial, carente o contradictoria, no es un malabarismo que pueda hacer cualquiera, posiblemente tampoco sea necesario el hacerlo, mucho menos debe ser festejado, como decíamos, pero tampoco, criminalizado, ni categorizado, ni señalado.

En nombre de tan buenas intenciones, sobre todos quiénes nos dicen, amar, querer o hasta admirar, nos pretenden, encarrilar, estructurar, hacernos funcionar, bajo las pétreas reglas del engranaje en el que son felices. Posiblemente, algo de temor también los afecte, condicionándolos, cierta inseguridad, cierto sinsabor, cuando esas rigideces, ese mundo disciplinar se les cae encima de sus cabezas. Probablemente, en esos hiatos, se pregunten acerca de nuestros saltos, de lo que llamamos libertad y no de estar condicionados a los absolutos que carecen de sentido.

La carrera insensata por el diez escolarizado, el que proviene de la historia vergonzante que destruyó con fines y la unicidad de un dios, misiones, mediante, la tierra sin mal, el mismísimo edén más allá de su semántica. El cordero sindicado como tal, que se descarría cuando se sale de este absurdo laberinto, que supuestamente garantizaría, trabajo, dinero y felicidad. Animalejo al cuál se lo enajena de su capacidad de pensar y razonar, para enfilado, encolumnado, manso a rebencazos, se lo conduzca, obediente a la cámara de gas, al matadero que dan en llamar las horas reloj para cumplir tareas autómatas, vanas, cuando no, armas eficaces en pos de profundizar un atroz ecocidio. En las raras excepciones de felicidad formal, hacerlo cantar en el templo, vestido como se lo demandan, con el blanco reluciente, al son del villancico, o en los tiempos discordantes, también de riguroso blanco, al enfermarse su cuerpo, en la clínica o el hospital, o en el peor de los casos, sí enferma de actitud o de comportamiento, recluido en la negrura desquiciante de la prisión.

Plantarse con algo que sea parecido a un camino propio, a una aventura no tan trillada, a un sendero poco explorado, es pegar ese salto al vacío, que da derecho a todos y cada uno de los transeúntes de esta vida, que te señalen con todos y cada uno de los epítetos que alguien les haya enseñado en alguna de sus aburridas y autómatas clases para que terminen siendo todos iguales y cortados por la misma tijera, diseñado por un único molde.

Está mal visto, hacer política desde un lugar que no sea un partido, como periodismo desde una empresa que no sean las existentes, también filosofar políticamente, sin estar sujeto a los teóricos que señorean desde hace años tanto en universidades como en movimientos ideológicos. Esta tan mal visto que ni siquiera te dan el me gusta en la red social, como sí lo harían con el cuerpo escultural, en tiempos en donde se dice estar contra la cosificación y la materialidad. Esta tan mal visto, que sólo se redimirán ante tu testimonio en la vida, como si fuese que uno buscase autoridad, cuando corporalmente, y digan pobrecito, no tuvimos tiempo de comprenderlo o de valorarlo. Esta tan mal visto, que lejos de invitarte a sus eventos, culturales, de pensamiento o sus supuestos espacios reflexivos en donde comunican, sus reiteradas sandeces insustanciales, sus matices insensatos de egos insaciables, hacen todo lo posible, para excluirte, para hacerte a un lado y hasta agachan la cabeza, al cruzarte, para no darte el gusto de su saludo, como si para uno, esos rostros iguales, significase algo importante o interesante. Esta tan mal visto, que sólo te dan esa doble tilde azul, haciéndote entender que no tienen ninguna respuesta para lo que propones, ofreces, pensas o consideras, en relación a un tema público al que le hayas dedicado tiempo, traducido en una iniciativa o proyecto.

No hay respuestas, claro, no debería haber palabras tampoco. Ni logos disuelto ni poético. Ni olvidos de ser, ni tampoco el olvido democrático, de pretensiones vanas de que el hombre, puede ser todos los hombres en diferentes planos y tiempo.

Esto ya ha sido escrito, como refutado. Sigan con el manual, nosotros continuaremos, lateralizados, donde reverdece todo lo que no es, no ha sido, ni será, y que por tanto, nunca ha tenido principio, ni tampoco, tendrá final, mucho menos una lógica entendida en los términos aprisionados y esquematizados que no permiten al humano, ser.

 

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