Latinoamérica explicada desde la Fábula de las Abejas de Bernard de Mandeville.

En 1714 Bernard Mandeville contaba esta fábula sobre las abejas: “Había una colmena que se parecía a una sociedad humana bien ordenada. No faltaban en ella ni los bribones, ni los malos médicos, ni los malos sacerdotes, ni los malos soldados, ni los malos ministros. Por descontado tenía una mala reina. Todos los días se cometían fraudes en esta colmena; y la justicia, llamada a reprimir la corrupción, era ella misma corruptible. En suma, cada profesión y cada estamento, estaban llenos de vicios. Pero la nación no era por ello menos próspera y fuerte. En efecto, los vicios de los particulares contribuían a la felicidad pública; y, de rechazo, la felicidad pública causaba el bienestar de los particulares. Pero se produjo un cambio en el espíritu de las abejas, que tuvieron la singular idea de no querer ya nada más que honradez y virtud. El amor exclusivo al bien se apoderó de los corazones, de donde se siguió muy pronto la ruina de toda la colmena. Como se eliminaron los excesos, desaparecieron las enfermedades y no se necesitaron más médicos. Como se acabaron las disputas, no hubo más procesos y, de esta forma, no se necesitaron ya abogados ni jueces. Las abejas, que se volvieron económicas y moderadas, no gastaron ya nada: no más lujos, no más arte, no más comercio. La desolación, en definitiva, fue general. La conclusión parece inequívoca: Dejad, pues, de quejaros: sólo los tontos se esfuerzan por hacer de un gran panal un panal honrado. Fraude, lujo y orgullo deben vivir, si queremos gozar de sus dulces beneficios”. Bernard de Mandeville, La fábula de las abejas, o cómo los vicios privados hacen la prosperidad pública.  Madrid, Fondo de Cultura Económica, 1982.

Los estructuralistas nos han ensañado, de qué manera funciona la modernidad, hay que participar como lo pensó Platón en su momento, pero viviendo en la clandestinidad, no de la ley, sino de las buenas costumbres o de las costumbres que nos pretende instalar el modernismo que reina en Occidente, y que desde la conquista es parte intrínseca como colonialismo, más luego Eurocentrismo. Esto es, elegir un par de objetivos, independientemente de que sean altruistas, ideológicos o materialistas, ir por ellos con diferentes envases, con trajes disímiles, aplicar y agudizar la astucia, y en el trayecto, tratar de no angustiarse mucho y buscar la risa. Golpeemos juntos pero marchemos separados, decía Lenin. Escindirnos en diferentes vertientes, pero el fin seguir siendo los mismos; vivir en una realidad, con parámetros que escapen las cadenas que nos vienen sometiendo. Los índices de pobreza, inseguridad, desigualdad, tienen más que ver con la falta de elementos reflexivos que padece la clase media, que con la economía, los gobiernos de turno, la arrogancia del progresismo o la estrechez de los conservadores. Ninguna de estas categorías nos pertenece. Toda esa aritmética es vana, vacua y vacía. Siempre el resultante variara poco, sino damos la batalla por el concepto, sino encontramos la conceptualización con la metáfora mas atinada.

Las ideologías que nos pretendieron instalar, no han germinado y las divisiones políticas se dan de acuerdo a los capangas o líderes que tengan determinado grupo de lacayos como lustrabotas, instaurando una mitad de camino entre carismáticos a la europea y chamanes a o latinoamericano.

Lamentablemente, a los que podríamos denominar progresistas, independientes, de izquierdas o populistas, o que no comulgan explícitamente o implícitamente con este modelo cultural neoliberal o capitalista (no tienen una dependencia laboral del estado, profesionales, o personas con posibilidades de prepararse para vivir en un estado de primitivismo) les ocurre un fenómeno que los aísla de la problemática o directamente los hace cómplice. Muchos optan por irse a otras tierras (a las Eurocéntricas o las del Norte) y no sólo son estudiantes o profesionales que viven en la matriz que dicen aborrecer, los más son trabajadores de la construcción, limpiadores y personas que mediante el esfuerzo y el sacrificio, progresan materialmente de acuerdo a los parámetros que ellos entienden como progreso o avance y que al no poder realizarlos acá, los impelen a mudarse en ese allá que los conmina a tal cosa. Los que se quedan, se aíslan o se abstraen, involucrándose en temas que le atañen al mundo o al país, más que nada futbol o espectáculo (en el triunfo universal del Pan y Circo Romano, ver sino las inversiones de China en su liga futbolística)  y no a nuestra tierra como espacio político-colectivo. Un caso muy paradigmático, es lo sucedido en la dictadura, que desemboca en una disputa de intelectuales, periodistas y hombres interesados en ver sí somos de izquierda o de derecha, cuando insistimos esas categorías nos han sido, nos son y serán completamente ajenas, como esa guerra o confrontación intestina, que a diferencia de los muertos que instaló Europa para con la humanidad en las guerras mundiales, son desastrosas pero no en un mismo nivel cuantitativo.

El bosque les tapa el árbol, y por su propio deseo de huída, de no querer ver lo que nos sucede, se olvidan que en Latinoamérica (si es que no pueden leernos desde otra óptica que no sea la historia oficial u occidental)  vivimos en un estado feudal, aquí todavía no llegó la revolución francesa, es imposible pensar en los términos políticos que se piensan en las capitales occidentales del mundo, ni que decir de plusvalía o de proletariado.

Acá no existe el mercado, ni siquiera un régimen de informalidad, estamos en la etapa del trueque, lo afirman economistas locales. Entre los que se van y están afuera y entre los que se quedan y viven otra realidad, triunfa el pensamiento y la cultura feudal. El sistema de castas o de división de actividades, que provienen desde misterios antediluvianos.

Los Guaraníes, la cultura que prevalecía en las tierras donde esta quién esto escribe, forjó el concepto de la tierra sin mal. A decir de Mandeville, la colonia de abejas que no tuviera conciencia de lo bueno, ni de lo malo. La libertad librada, valga la redundancia, al canto y la danza, que no es un viejo paradigma primitivista, sino, tal vez, la esencia misma del ser humano, tomar contacto con lo que sienta hacer, confiando en su fin natural y no anteponiendo la categoría o evaluación ante cada cosa que hace o deja de ser.

Sabemos, las abejas latinoamericanas, de nuestros políticos zánganos, que no hacen más que aprovecharse del esfuerzo colectivo, que son los mismos que dicen ser diferentes, y que sumidos en sus excesos y privilegios, sin embargo, reditúan, como en la fábula de las abejas, al colectivo, al grupo, al conjunto.

Por supuesto que muchos de los nuestros son pobres y marginales, no libramos ni guerras, ni construimos muros, ni guetos, ni campos de concentración, tampoco los tenemos como mano de obra esclava que nos multipliquen la producción, desestabilizando el mundo, están en camino a la tierra sin mal, como todos, quiénes, tiempo más, o tiempo menos, terminarán con esta experiencia llamada vida, sin que por ello signifique que han vivido mejor o peor en relación a otro.

Claro que teniendo la posibilidad de comprender, desaprovecharla por animosidad, soberbia intelectual o pereza, es lisa y llanamente un desperdicio que no se subsana ni con imposiciones, ni condicionamientos, tan sólo con ganas de leer, de escuchar, de cantar, danzar, de vivir en la plenitud de lo humano, más allá de cómo se manifieste.

 

 

 

 

 

 

 

 

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