Emancipándonos de la democracia (y de Rancière).

Todo lo que no expresamos, se constituya, tal vez, en lo que nos incordia, en lo que nos compone sin que sepamos muy bien porqué, desde cuándo o desde donde. El giro, al articular palabras, que por lo general, rebaten, contrastan, reconvierten esos conceptos subyacentes, eso con lo que convivimos, como una suerte de herencia, un remolino de vocablos performativos, axiomáticos, peticiones de principios, harto condicionantes, se articulan en una actitud libertina o libertaria, en donde el regurgitar, el articularlo como lenguaje, nos sitúa en una especie de lugar, como de tiempo distinto, fácilmente caemos en la conclusión de que por dejar fluir, dejar correr, hacer pasar esta reacción, automática o automatizada, nos termina de transformar en seres que escogemos ejercitar una de las facultades mayores de la humanidad, ser libres, en tal habla, de esas estructuras que nos pretendían  determinar. ¿Pero no existe nada más que esto? Es decir ¿nos conformaremos con este modo de ser, de ejercitar nuestra libertad de pensar en el mundo?

Parece, al menos para gran parte del mundo académico-intelectual, como del intelectual-mediático y de todo los que estas grandes estructuras terminan de influenciar, que debemos estar satisfechos con esta mecánica de lo humano en donde orbita, funge, cumple su cometido la inercia del pensar.

Subsiguientemente, ciertos ropajes, etiquetas, prejuicios, de los que luego, oportunamente, quién las usufructúe, cuando no les sirvan más, las denunciara como arrogantes, pedantes e infames, servirán para travestir este automatismo, esta razón instrumental, para edulcorar la misma, para hacer pasible y admisible, una suerte de producto o de resultante de lo humano, de la más alta interacción de esa humanidad con su ambiente, el razonamiento intelectivo, la intuición existencial, el señoreo sobre las posibilidades y los límites mismos.

No será lo mismo, sí lo que se dice, proviene de una mente alemana o francesa, que de cualquier otra aldea, sea esta occidental o de otro lar. Esta mirada, lisa, ramplona, casi etérea, se sostiene en toda y cada una de las investigaciones que se puedan hacer en la amplia como en la corta historia de la intelectualidad. Hacernos cargo de que le damos este valor, a este disvalor, cuasi racista como xenófobo, nos sitúa a todos y cada uno de los que no reaccionamos en una suerte de sana rebeldía a esto, como cobardes, o lo que es peor, como cómplices.

Seguir creyendo aún, con argumentos más o menos, que la humanidad pudo haber alcanzado una mayor extensión en su comprensión o en la comprensión de lo humano, por tener la posibilidad de elegir sí vestir un pantalón, una pollera o un taparrabos, de color distinto todos los días diversos, no nos sitúa como militantes, seguidores o adscriptos de una idea social, política, antropológica o filosófica, nos determina básicamente en nuestra grandilocuente estupidez.

Desde ya que todos formamos parte del fango, del que no podemos escapar. Algunos, tenemos cierto deseo de evadirnos, de salirnos, de emanciparnos del mismo. No necesariamente, debemos por ello, el tratar de convencer a otros, que sientan o que pretendan lo mismo o algo semejante. Sin embargo, nos asiste el derecho, de brindar la mirada, la perspectiva, de que esos otros, amuchados, asardinados, ensortijados en la dinámica automatizada de creer que son libres, reaccionando, estentóreamente a lo que los determina, no podrían tener el deseo, de salirse también de ello, de esa imagen que describimos como fango. Es decir no apuntamos ni a tener ninguna fórmula mágica, elixir metódico y ciencista incontrastable, siquiera verdad o verosimilitud en que salir de tal lugar pueda resultar positivo o aprovechable. Sólo soslayamos, tímidamente, que tal vez, algunos otros puedan tener ese mismo deseo que nos asiste, de allí a querer o poder llevarlo a cabo, será toda otra cuestión en sí misma en la que no podemos ni queremos intervenir.

El caso puntual, para graficarlo, para hacerlo más asequible, más equiparable con todo lo que pueda estar sucediendo colateralmente, bajo estas mismas referencias, es el autor francés J. Rancière y algunas consideraciones marginales de su obra. Partir de su origen ya es toda una complejidad en sí misma, dado que su condición de francés, excede ya la noción del estado-nación territorial, el hombre nació en África. Pese a la barbarie de los imperialismos, culturales e intelectuales que tuvieron origen en ocupaciones o conquistas bajo fuego, la reconversión que realizan de esta historicidad es excelsa. Nosotros los Latinos (término que nos define también desde esa “francesidad”) sin embargo, en vez de considerarnos, parte de la Europa de ultramar (lo cual nos significaría pertenecer a tal recinto del privilegio) nos negamos en tal condición, y nos compramos las revueltas o revoluciones, de facciones de nuestros antecesores que por disputas vanas de poder, se apoderaron del significante de patria, de la américa nueva, independizada de Europa. Tal vez sin preguntarnos, nos quedamos con esa herencia, de ese sector que triunfó en tal entonces, pero que hoy se expresa en un fracaso rotundo. Es decir, si revaloráramos nuestra pertenencia Europea, nos deberían como mínimo indemnizar o darnos el lugar para que nuestros ciudadanos tengan la posibilidad de tener una vida de estándares europeos actuales.  Sin  embargo, y gracias también, a esta conquista que padecemos desde la intelectualidad, los que podrían pensar, lo hacen bajo este automatismo, les regalan a sus conciudadanos, a sus compatriotas, la idea de la patria independiente, que pese a estar transida, sufrida en hambre y marginación, sigue discutiendo bajo parámetros, europeos y por ende dominantes.

Prueba de esto mismo es que deben ser contados, los intelectuales que negadores de nuestra europeidad, y envalentonados en ese ideal falso de la independencia, se mostraron incólumes a entablar diálogos europeizantes, a disputar conceptos, para en el fondo negociar, migajas de reconocimiento como de adulación, cultural-académico-intelectual, en algún rincón de una facultad de Europa o al menos de un café en donde se departe, tras la máscara de ese cacao que se extrae en basurales de lo humano, mediante el trabajo infantil y esclavo de africanos que no tuvieron la suerte de nacer en la parte francesa.

Transportándonos a lo textual,  y sin entrar en otros aspectos novelescos (no queremos preguntar sí en su obra “La lección de Althusser” su maestro le brindo perspectivas acerca de que representaba la mujer como género, dado que seguramente lo hizo antes de haber sido internado en un psiquiátrico tras matar a su esposa) tanto en “La emancipación del espectador”, como en “El odio a la democracia”, la circularidad, como el maridaje de conceptos antagónicos, contrapuestos y agonales, funciona, funge, como si lo humano se redujese a un algoritmo propio de un producto de la inteligencia artificial.

El significante extenso en que convierte a lo democrático, desnuda al autor en su pretensión, siempre imperial, que por intermedio de tal formulismo, la política, la libertad y el pueblo, se expresen siempre en tal nombre, bajo el respaldo, de intelectuales que brillen desde el opúsculo donde aleccionan y nos someten en este juego de palabras, del que ya Platón hubo de encontrar la salida, con la participación, como tercero en discordia que desplaza los planteamientos binarios o antagónicos.

El poder emanciparnos, desembarazarnos de lo democrático, es precisamente, el salirnos de este frontón, de este peloteo, de este fango en donde sólo existen dos caminos, entrar o salir. La propuesta, desde este no lugar en el que expresamos, es la de escuchar el deseo de poder hacer otra cosa. La etiqueta, el corset, la democracia como estructuración nos determina en lo anterior, en lo subyacente que debemos ir en busca o al rescate.

Tampoco en lo político, debemos acudir a la reacción, a la contrastación con eso otro, a lo que reaccionamos o lo que creemos elegir reaccionar. Lo acabamos de hacer en este artículo, apartándonos de la acción de reaccionar ante la incomodidad, la insatisfacción que nos genera el actual sistema político, fuimos a la búsqueda de responderle a otro (en este caso Rancière) que hubo de pensar en tales términos (la de la reacción, el juego de antagonismos) bajo la argucia de que desarrollamos nuestra más alta facultad como humanos, la de pensar en libertad.

Como vemos, como sentimos, como padecemos u observamos, esto no alcanza, ni tampoco alcanzará para que bajo términos, nociones o sentimientos democráticos, los millones que no comen hoy lo puedan hacer.

Si no nos emancipamos de conceptos, de sentimientos, de formulaciones, de etiquetas como de etiquetadores, difícilmente podamos ejercer nuestra facultad de constituir un mundo, o una aldea mejor, o al menos en donde todos, o casi todos puedan comer, dándole el nombre que fuese o habiéndola pensado previamente la persona que fuere.

Todo lo que queremos, como lo que no, expresar es que, lacónica como agónicamente, el tiempo de las palabras parecen ir perdiendo espacio como posibilidad, ante el hambre desesperante de tantos, lo peor que podemos hacer es darle sentido a quiénes juegan, con los vocablos para llenar sus necesidades espirituosas, dado que las otras la tienen sobradas (las básicas) y sobre todo, alertar de su complicidad a los que, mecánica, como autónomamente, los aplauden.

 

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