¿Debe el hambre esperar al próximo turno electoral?.

¿Debe ser alimentado el estómago, famélico del carenciado, con la expectativa que mórbidamente le sobra al fenómeno democrático? ¿Debe volver a reunirse el criterio, ahora disperso, del espacio y el tiempo, para que ambos converjan en una humanidad que no repare en tan abismales, crecientes como inalterables y sempiternas, desigualdades entre pares, en lágrimas que se le enajenan a ciertos cuerpos que se mutilan por la inanición que terminan en las costas sobrantes de los que abotagados por tantos estímulos, pierden su humanidad y su razón de ser, empachados en el enfermizo atracón de lo que le sobra al ser, o lo que podría generar toda una definición metafísica en sí misma, como el ser sobrante?. ¿Debe la democracia, ser mejorada, mediante el voto, por intermedio de lo electoral, tal como se nos brinda, presenta y ofrece, desde una contemplación en donde el derecho a la opción es más prioritaria que el derecho a no morir de hambre, o que esos otros, que no hemos sido por casualidad, lo hagan a vistas de nuestras elecciones secundarias?.

En uno de las últimos manifiestos del Congreso Nacional Indígena, en México, del que se extrajo la poética definición, que probablemente termine como slogan de alguna multinacional, “Nuestros sueños no caben en sus urnas” una de sus voces más significativas, o al menos difundidas, sin embargo, señalo, con simpleza, pero no por ello, sin profundidad: “Siempre los de arriba hacen su festejo en el tiempo electoral, siempre solamente deciden si organizan, y usan al pueblo porque quieren el voto. Por eso se decide participar y llegar, y voltearles pues. Otra forma de hacer política de los pueblos indígenas, a la forma como las comunidades se han venido organizando. Por eso se dice: vamos a echarles a perder la fiesta, porque ellos son los únicos que deciden, piensan y usan, imponen, no toman en cuenta y desde ahí planean pues toda la destrucción de, no solamente las comunidades, sino de toda la sociedad. Entonces, planteamos participar de esa fiesta, pero no para estar con ellos, sino para echárselas a perder, para nosotros imponer otra forma”. (María de Jesús Patricio Martínez. Citada en Nuestros sueños no caben en sus urnas. Revista de la Universidad de México. Luciano Concheiro).

El problema del hambre, es conceptualmente un problema de los que no padecemos hambre. No se trata de ética, de moral, de religiosidad o de espiritualidad. Tampoco de un fenómeno del que deba encargarse la ciencia política, la ciencia en general, sino que la excede, sobradamente. La cuestión del hambre, para quiénes no lo padecemos, es sencillamente, el pliegue desde donde lo humano, cobra su sentido o su razón de ser. Todos aquellos que por uno u otro motivo, prescindan de difundir que debemos construir nuestros edificios institucionales, nuestras políticas públicas, desde el enfoque prioritario de que la mayor cantidad de personas, en el menor tiempo posible, puedan incorporarse al selecto grupo de los que con dignidad comemos todos los días, no son más que cómplices por acción u omisión, de una conformación de la realidad humana, totalmente alejada, ajena y por tanto enajenada de sí misma.

Estas ilusiones literarias, estos devaneos novelescos, por ser amables y condescendientes con quienes pueden pretender algún tipo de organización social, que solo tenga como norte, como horizonte el posibilitar que una casta, por sobre el gueto en donde quedan aislados como archipiélagos de excepción de lo humano, el resto de los que no participan de las posibilidades de extenderse en la propia dimensión de superar los límites impuestos, no debieran tener más excusas ni rodeos que dejar en claro, sus finalidades e intenciones.

Pretenden de esta manera, junto a sus socios en la acción, en el silencio o en la indiferencia ante otros planteos que vayan con la idea de desatar el nudo gordiano en el que se atavían los privilegios, un mundo sin espacio ni tiempo, para bolsones inmensos de seres humanos que se constituyen en parias de sus pares, en desafortunados gametos desarrollados sin derecho alguno, dado que perdieron su propia condición humana a expensas de los que, en dominio de la ley, de las normas y por ende de los conceptos, los aplastan, legítima y válidamente, democracia mediante.

La existencia definida entonces como aquello que surge en un espacio definido y por ende en un tiempo dado, debe suprimir, o pervivir, más allá del fenómeno mismo del propio existir. La pobreza que toleramos democráticamente, que posponemos, en una atemporalidad irresoluta de poder asumirla o erradicarla, debe su razón de ser, a que exista, manifiestamente, concreta y específicamente.

Es decir, en nombre de los derechos que algunos ansiamos tener, como ampliar (una vez que se pueda comer, todo lo otro es prácticamente secundario o llega después) necesitamos, la instancia posterior, el inicio de ese tiempo, que nos garantiza lo democrático, para que luego de la elección, se atiendan las circunstancias de una pobreza real, es decir de un fenómeno físico, tangible que está ocurriendo y que no nos afecta más que en un sentido moral o espiritual.

Por esta misma razón, es decir a los únicos efectos de desentrañar la trampa de este dispositivo, es que se considera que a lo único que deberíamos abocarnos como personas participantes de lo público, es precisamente a zanjar la inhumanidad que la pobreza del otro sólo nos afecta en un nivel o grado que no sea el que nos golpee de la manera más efectiva para que actuemos en consecuencia.

No podemos, los que comemos, atender circunstancias de espacio y de tiempo, para justificar nuestra inacción ante el que no come. Plantear las argucias institucionales, cuando no democráticas y blindadas por una pseudo libertad, ganada,  derechos humanos mediante, para seguir suprimiendo, en el espacio y tiempo, inexistentes, a los que condenamos a los millones de seres humanos, a la calamidad de la pobreza.

Ningún foro, esquina, congreso, simposio, recinto, agrupación de seres humanos, debiera tener una prioridad mayor que está misma de pensarnos en relación a la pobreza que nos empobrece en la medida que no nos encargamos de la misma, resolución posible a la que nos alejamos, a medida que excusas diversas mediante, nos imponemos otras temáticas que distorsionan nuestras posibilidades reales de ser humanos.

Reducimos el espacio y el tiempo, es decir dotados de inexistencia humana a millones de seres humanos, a los que condenamos a que traten de comer a diario. Merced a este accionar, sin embargo, nos creemos con razón y derecho, para hacer otras cosas, en ese mismo espacio y tiempo, del que expulsamos a esos hermanos, y no conforme con esto, queremos, pretendemos, ansiamos, una eternidad imposible, u otro mundo, en donde claro, tengamos siempre resuelta la cuestión del comer cotidiano, dado que no existiríamos, como no existen los pobres, sin un pan en los labios o bajo el brazo.

 

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